El lugar común acecha

El lugar común acecha

Diciembre 29, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Por muchísimo tiempo y antes de que aparecieran las escuelas de periodismo, la aventura de la crónica estuvo plagada de lugares comunes entre los incipientes cronistas de los diarios, los mismos que de cuando en cuando e inspirados por los vientos del Nuevo Periodismo, decidían transgredir las ‘rígidas’ normas del periodismo escueto, y se lanzaban, este sí lugar común socorrido y sin salvavidas, al ‘proceloso mar’ de la literatura, de la ficción en medio de la realidad.Una experiencia de 41 años en el mundo periodístico me permite observar los vicios más comunes de la escritura, cuando se enfrenta la crónica, y el poco temor que tienen los noveles cronistas a los más manoseados lugares comunes.Quizá una de la formas más habituales en el inicio de una crónica periodística, es aquella que sitúa al protagonista en el terreno de lo insondable, de los inesperado, convirtiéndolo, por obra y gracia de un socorrido giro idiomático, en “víctima”, inocente, desde luego, de una situación particular.Aquí está el ejemplo: “Roberto Durán nunca imaginó… (se emplea también, sin pudor, el “nunca pensó”), que aquella nube negra posada en el horizonte, era el anuncio de la inundación que acabaría con ‘La favorita’, la tienda que heredara de su abuelo…”.El cronista avezado pulverizó, desde luego esta forma, hace mucho tiempo, y se lanzó a iniciar su pequeña obra maestra con un diálogo, con el movimiento de la mano del protagonista, con el olor del aire en la vecindad, o sencillamente, con los ladridos cercanos o lejanos de perros callejeros. O, por qué no, con los acordes de guitarra que escapan de un bar o una cantina, cuando se trata de relatar un hecho criminoso. El aroma urbano.La crónica, como la literatura, es víctima frecuente del lenguaje gastado que emplean los malos poetas, los narradores deportivos, los articulistas intonsos, y del sonsonete de la peor música popular producida a su vez por compositores y juglares que son objeto de culto en emisoras y periódicos.Después de fallecer en enero de 2010, el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez, se dio a conocer una crónica que no publicó nunca, acerca del escritor J. D. Salinger, autor de ‘El Guardián en el Centeno’. Me temo que esta quedó inédita, por el encabezamiento que la distingue. Para que observen, también las grandes plumas cometieron pecados, comentario que hago, sin desconocer a calidad del texto del Jefe de Redacción de Primera Plana, el primer periódico argentino que dio cuenta de la calidad literaria de García Márquez:“Nunca imaginó Jerome David Salinger, ni siquiera en el terreno mágico de sus ficciones, el perverso poder de la correspondencia. Tal vez por rechazar otros frentes (entrevistas, fiestas sociales, conferencias), descuidó el flanco epistolar que terminaría por destruir su preciado anonimato de 30 años…”.Si nos atenemos a la descripción más conocida de crónica, esta es “una obra que narra hechos históricos en orden cronológico. La palabra crónica viene del latín chronica, que se deriva del griego kronika biblios, es decir, libros que siguen el orden del tiempo. En una crónica los hechos se narran según el orden temporal en que ocurrieron, a menudo por testigos presenciales o contemporáneos, ya sea en primera o en tercera persona”, nos daremos cuenta que el periodismo moderno trastocó ese orden literal, y tratándose del género puede empezar por el final.La historia oficial reconoce también que “se entiende por crónica la historia detallada de un país o región, de una localidad, de una época o de un hombre, o de un acontecimiento en general, escrita por un testigo ocular o por un contemporáneo”. Tales son por ejemplo, las crónicas latinas de Flodoart, canónigo de Reims, y las francesas de Froissart y Monstrelet.Sigue en Twitter @cabomarzo

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