El Jefe

El Jefe

Junio 11, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Al igual que Gardel, el mito de Daniel Santos crece todos los días en los barrios de América Latina, con ese turbión de carácter que ponía en cada una de sus interpretaciones.Daniel Doroteo Santos Betancur, más conocido entre guapos como ‘El Jefe’ o ‘El Inquieto Anacobero’, nació en Trastalleres, hoy zona metropolitana de San Juan, el 5 de febrero de 1916, hijo de un zapatero dicharachero y trompadachín. Temprano se aficionó a los zapatos blancos, la correas de gran hebilla, la brillantina en el pelo y el bigote recortado con precisión geométrica; el hombre sabía para dónde iba, pues ya en los 40, en La Habana, cuando empezó a cantar con la Sonora Matancera, se le reconocía como el Comandante de esa escuela de la calle que enseñaba a comportarse como un príncipe en medio de la pobreza.Trastalleres, al igual que Santurce, conserva ese aire viejo de lo que fue mejor. Dos o tres teatros grandes, de arquitectura imperial, todavía iluminan las noches populosas, las tardes esquineras donde se discute aún sobre lo que quiso decir Catalino Curet con aquello de “ciudadanía noble” en la barriada de La Perla.En La Habana cantaba esas canciones que Don Pedro Flores hacía a la medida de su voz motorizada en un estilo único, y también el bolero del mexicano Pedro Galindo: “Viiirrrrgen de medianoche…”, cerca al Muelle de la Luz, en un barcito que se llamaba ‘El Califa’, donde conoció a Patricia, otro de los amores de su vida: “Oh Patricia, mujer adolorida”, decía en el bolero. En el Harlem Hispano de Nueva York, un tendero conserva la única foto que se conoce de Linda, la misma que abandonó a Daniel y se internó en un convento. Renunció al jíbaro y se entregó a la caridad cristiana.Por el texto ‘Un hombre llamado Daniel Santos’, de Luis Rafael Sánchez, el autor de ‘La guaracha del Macho Camacho’, sabemos que fue considerado un héroe popular, una nacionalista convencido que sin embargo amaba vivir en Nueva York. Controvertido, auténtico, cantaba igual una canción que rezaba en su coro, “Fuera yankee, go home, fuera yankee”, que ese bolero, poema al tiempo, que prometía dos gardenias. Lo que se ve claro hoy es la apertura cada vez mayor de Cuba a las expresiones auténticas de la música de su vecindario. Impensable, en otro tiempo, un homenaje a Daniel Santos ahí. Pero el bolero es así; está blindado contra la política y nos ofrece, desde hace más de 100 años, ese ‘tempo’ agridulce del romance, en la letra precisa de nuestros poetas populares. De hecho, un cantante como Vicentico Valdés continúa llenando la noche habanera con boleros como ‘Envidia’ y ‘Los aretes que le faltan a la luna’, una poética callejera de todos modos ajena al ‘materialismo dialéctico’. Los musicólogos dicen que el nombre del género, bolero, viene de esos adornos de encaje que usaban las mujeres de Andalucía, en sus trajes de baile. Cuba reclama ser la cuna del bolero, con ‘Tristezas’ de Pepe Castillo, más en México, se afirma que el primer bolero fue ‘La borrachita’. Cierto o no, el bolero se cultiva también en Colombia, en Argentina, en Ecuador. En España, el cubano Antonio Machín es tenido como propio, pues vivió ahí buena parte de su vida. En México, Agustín Lara y Chavela Vargas, nos dieron una buena lección de cómo es esto de sentir cantando, y en Puerto Rico, aparte de El Jefe, mi voto indiscutible es por Tito Rodríguez y por La Lupe, intérprete ella de esos boleros de ‘demanda penal’ que le escribió el Tite Curet. “Cada vez que los escucho, me dan ganas de mandarte a la cárcel”, le decía a Curet un amigo fiscal en San Juan.El caudillo del desamor hecho bolero, un ritmo que continúa con la buena salud de la más honda música popular, falleció el 27 de noviembre de 1992 en Ocala, Florida. En Cali se le recuerda con verdadero fervor.

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