El Hombre Lobo

Noviembre 07, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Yo había terminado de poner la vela en la calabaza, y miré al cielo, hacia lo que debía ser Colombia en ese momento, con una hora menos en el reloj. Parecía barrido por fuego y se difuminaba en lo más lejano en una mezcla de púrpuras y naranjas, ese tono parecido al atardecer de una tarjeta postal.Recogí la pulpa de la calabaza en una olla, y ya si esperanzas de guardarla para hacer un ‘pie’, mi favorito –mi esposa había fallecido hacía 1 año y lo hacía con una receta dictada por los ángeles- empujé la puerta flanqueada por un espantapájaros de trigo seco.Anochecía y me sentí dentro de una nevera; ya calaba el frío del invierno cercano y por la calle Griswold bajaban niños disfrazados; cantaban, pedía dulces en cada puerta.Primero llegó un grupo entre los que destacaba un niño vestido como un galeno de los años 50; grandes gafas, de aquellas que hizo desaparecer el láser, un estetoscopio al cuello y una cruz roja en el bolsillo izquierdo. A mi madre le pareció bello y le dio una porción extra de chocolates; casi al tiempo apareció un hada madrina, tomada de la mano con sus padres. Olvidó en la puerta su varita mágica y la guardé con la esperanza de devolverla.La noche de Halloween en la capital de Connecticut transcurría en paz, no obstante los anuncios según los cuales dos pandillas se enfrentarían a muerte en el Bushnell Park. “Atacarán a todo el que vaya de rojo”, me dijo un vecino colombiano, casi al tiempo que pasó una camioneta con varios gamberros en el platón.Otro vecino de Manizales, normalmente hosco en días laborales, en esa noche parecía tocado por el genio de la simpatía. Vino hasta mi jardín y me presentó a su niña menor: “Es una gitana”, me dijo. La pequeña tenía rubor en las mejillas y un mazo de cartas en las manos. En su cabeza relucía un pañuelo de medialunas. Abrí mi mano para que me leyera el futuro, y sólo me dijo: “Recibirá una agradable visita…”. Hubiera preferido algo más ‘Old School’, como por ejemplo: “Tendrá un largo viaje en barco…”.Cuando todos se fueron, salí a encender nuevamente la vela de la calabaza, apagada por el viento. Entre el queso reluciente de la luna, se adivinaron unas orejas grandes, como de un animal mitológico. Apareció entre las sombras del roble seco; caminaba con el hamaqueo propio de los jíbaros callejeros y abría los brazos para infundir temor. Era el Hombre Lobo. Abrió un gran saco de Santa que traía al hombro, y no esperó que le diera chocolates, sino que vació el canastito de caramelos en su hatillo. Me señaló una silla en el rincón del porche trasero, con ademán de querer sentarse. Le dije que no había problemas, que tomara asiento.-“¿Tienes un poco de licor fuerte?, me dijo.-“Fuerte que digamos, no. Pero, te puedo invitar a una copa de vino”.No paladeó el vino sino que lo tomó como si se tratara de una medicina urgente.De pronto, tras la máscara, empezó a llorar. Me dijo que justo hacía dos días le habían dado ‘ley off’; lo habían botado de una plantación de tomates donde se ganaba la vida. Todo el producido de ese trabajo lo enviaba puntualmente hasta Armenia, Quindío, donde había dejado una mujer con tres niños.-“Lo peor no es eso”, agregó. “Hace una semana me di cuenta que mi mujer me la juega con un vecino. La muy zorra se gasta con ese man todo lo que le mando por Western Union…”.Lo consolé y me di cuenta que el Hombre Lobo estaba muy solo en el mundo, necesitado de apoyo moral. De lo profundo del bar saqué una botella de ouzo, un aguardiente griego que es capaz de tumbar a un elefante, con solo dos copillas. Nunca olvidé la imagen el Hombre Lobo que se despidió con un abrazo y se fue dando tumbos hacia la luna.

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