El escritor visceral

Mayo 17, 2017 - 11:55 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Ahora que la literatura ‘light’ se ha tomado el mundo, vale recordar a un autor como Rulfo, en su centenario, para entender realmente lo que significa un verdadero escritor de ficciones, lejos del destello de las cámaras, los cocteles, la revista del corazón.

Rulfo, por lo que he leído acerca de él, tenía el mayor desdén por la vida social y escribía sólo por una urgencia biológica. Dos brevísimos textos, ‘Pedro Páramo’ y ‘El llano en llamas’ son, letra a letra, uno de los breviarios de culto más celebrados en América Latina y el mundo, lo cual nos indica también que no es menester exhibir una abultadísima obra para trascender. Rulfo impuso calidad sobre cantidad y no firmó nada que no respondiera a la urgencia visceral de transmitir ese mundo de raíz Náhuatl, donde los muertos hablan, van por las calles, refieren en sueños historias épicas, cuitas de amor.

Desde sus silencios, desde su gesto huraño ante el relumbrón de esos escribas que De Greiff llamaba “Juanramoncetes de hojalata”, realizó, sin proponérselo, una pedagogía de conducta delante del mundo. “Lea para que aprenda…”, le dijo una vez Álvaro Mutis a Gabriel García Márquez, cuando este arribó a México. Le puso en sus manos las dos obras de Rulfo. Gabo siempre le rindió homenaje.

Mutis cometió esa ceremonia, de la misma manera que Álvaro Cepeda Samudio traía libros desde Nueva York para el futuro Nobel. Estudiante en Columbia University, Cepeda fue quizá uno de los autores más cultos del Caribe. Sabía que en ‘Luz de agosto’ de Faulkner, o en ‘Mientras agonizo’, se escondían diamantes puros que servirían de inspiración al escritor cataqueño.

Faulkner profesaba una aversión al bullicio, muy parecida a la de Rulfo. Cuando le anunciaron el Premio Nobel, dijo inicialmente que agradecía pero no iría a Estocolmo: “Está muy lejos”, contestó; “además, soy un campesino…”. Como el escritor mexicano, bebía por semanas enteras, copisolero, y montaba a caballo.

Existen pues tres territorios del mundo literario para revisitar siempre. El Comala de Rulfo, al Yoknapatawpha de Faulkner, y al Macondo de nuestro compatriota. En esas tres atmósferas se recrearon poéticas de las que no pudieron escapar varias generaciones de escritores.

México devela ahora, en una grandiosa exposición, el ojo fotográfico de Rulfo, tan parecido a sus ficciones. Ahí es posible redescubrir esa tierra mágica junto al volcán, volver a las cementeras de los Mixtecas y Zapotecas, al tarro de geranios en blanco y negro, colgando de un balcón, a la perfecta boda entre la luz y la sombra de un pueblo al que cantaron Sor Juana Inés de la Cruz, Amado Nervo, Octavio Paz, desde la piedra lunar, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis, Rosario Castellanos, Mardonio Carballo, Jaime Sabines, Malcom Lowry, Agustín Lara, Jorge Negrete, Chavela Vargas.

Son muchos Méxicos, el del cine, el del romance, el de la Revolución, el cristero, el zapatista, el del PRI, el de los taxis verdes Volskwagen, el del Paseo de La Reforma, pero el literario estará siempre signado por Juan Nepomuceno Pérez Rulfo Vizcaíno, nacido en Sayula el 16 de mayo de 1917. Tres años antes habían asesinado en Sarajevo al Archiduque Francisco Fernando de Austria, y dos años después de su nacimiento, se firmó el Tratado de Versalles. O sea que Rulfo nació en caliente, entre los ecos de la Gran Guerra, pero arrullado por los trenos de ‘La paloma’, del corrido de Adelita y los versos que recordaban los cañonazos de Pancho Villa en suelo estadounidense: “En Columbus quema y pilla, Pershing lo viene a buscar, el tigre se vuelve ardilla y no lo puede encontrar (…) Mi General Pancho Villa, le venimos a cantar (…)”.

Al igual que Gardel, quien cada vez canta mejor, podemos decir que Rulfo cada día escribe mejor. Su voz sigue más viva que nunca desde el mundo de los muertos.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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