El encanto de la doméstica

Mayo 26, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

¿Por qué alguien hijo de un policía austriaco, que llegó pobre a Estados Unidos y empezó a figurar entre actores de tercera, no por su talento sino por sus músculos, después de hacerse ‘Míster Universo’, logró escalar todos los peldaños de la sociedad estadounidense con sus películas de acción, tuvo la fortuna de casarse con una sobrina de John F. Kennedy, y un día decide meterle mano a la doméstica, hacerle un hijo -hace 10 años- y lo devela hoy, después de su ruptura matrimonial?No se entiende mucho, pero algún encanto deben tener las criadas, cuando uno de los señores más poderosos del mundo, presidente del Fondo Monetario Internacional y seguro candidato a la Presidencia de Francia, pierde el juicio en un hotel de Manhattan, y carga contra una humilde muchacha de Guinea.Acabo de leer los cargos de felonía que le imputa el Estado de Nueva York a Dominique Strauss-Khan; están en Internet para quien desee leerlos.En Colombia, en 1987, el actor italiano Franco Nero dejó un niño en una humilde muchacha, Mauricia Mena, quien debió interponer razones de ley para buscar el amparo de la criatura. El fallecido actor, Marlon Brando, gustaba también de las bellezas chambacuneras, mientras se aplicaba varias botellas de Tres Esquinas.La tentación del sexo incinera toda formalidad, todo comportamiento convencional. Schwarzenegger o Strauss-Kahn no son los primeros. Recordemos al Rey Salomón, quien tuvo hijos con una beldad de ébano, la Reina de Saba, y dejó en Etiopía la semilla de las tribus de Israel. Lo que se ve en estos casos que logran escandalizar al mundo, cuando deberían quedar -si no tienen características criminosas- en el campo de la vida privada, es la pérdida de la conciencia de clase, rango, raza, frente a tentaciones del sexo.Lo mismo ocurrió a los conquistadores ingleses, españoles y portugueses en América, delante de las nativas y luego con las mujeres traídas de África. Sólo a los capitanes de barco y ciertos oficiales se les permitía viajar con sus esposas.Lo que molesta hoy a los franceses no es la ruina política de Dominique, sino la manera, radicalmente distinta, como Estados Unidos enfrenta estos casos. Mientras Europa sonríe delante de los escándalos de Berlusconi, la legislación estadounidense es severa con quienes transgreden la línea de comportamiento público o privado, con las mujeres. Y los matices de lo que ahí se llama ‘Sexual Harassment’, u hostigamiento sexual, deja tendidas muchas víctimas, en lugares de trabajo, universidades, espacios públicos. En Estados Unidos, a diferencia de América Latina u otros lugares del mundo, las mujeres van solas a las barras de los bares porque tienen la seguridad que nadie vendrá a mortificarlas.Un piropo obsceno, una mirada lasciva, configurada en el código penal estadounidense como ‘bad eyes’ (mirada maliciosa), es suficiente para que una mujer llame a un policía, y el agresor se vea con esposas en sus muñecas.Lo anterior es inconcebible en los países latinos; recuerdo la foto de Ruth Orkin, “una americana en Italia”, en la que se ve a una rubia que camina por un callejón de algún pueblo de Sicilia, asediada desde los balcones, las calles, las esquinas. Lleva un gesto silente, acechada por piropos.La diferencia cultural imprime carácter a la ley. Strauss ha descendido al infierno por algo que en su país no hubiera ocupado un titular en ‘Le canard enchaîné’.

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