El desarme mediático

Octubre 06, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Además de las encuestas que dejaron en evidencia la abierta manipulación a la que son sometidas, por dinero e intereses políticos, otra vergüenza nacional que dejó al descubierto el pasado plebiscito, fue el de decenas de periodistas ‘enmermelados’ u obligados a refrendar el acuerdo de La Habana en contra de la verdad, de las evidencias que anticipaban una disputa de tigre con burro amarrado.El triunfo del No tiene hoy un doble o triple significado, porque evidencia, a kilómetros, que no es este un país de borregos que puede ser llevado fácilmente al matadero, influenciado por lo que se dice en prensa, radio y televisión.La victoria del No debe servir también para saber cuánto carácter existe hoy en la opinión pública y cuál es el grado de madurez al que ha llegado una sociedad civil que piensa por sí misma y no se doblega ante un bombardeo mediático plagado de mentiras. Lo expresó el exprocurador Ordóñez después de la jornada del pasado domingo: “Era una batalla entre David y Goliath...”Grandes medios nacionales arreciaron con el Sí en sus primeras páginas, amén de canales radiales y una publicidad de primer nivel, muy bien concebida, en horario triple A. Al opositor se le cerraron todos los espacios a los que debe tener derecho un actor político en cualquier sociedad democrática; ley del silencio, y opción de voz sólo en algunos canales independientes y en otros casi anónimos.En las redes sociales, un seguidor del No era prácticamente linchado moralmente –como ahora- con epítetos como ‘guerrerista’, ‘enemigo de la paz’, ‘ultraderechista’, ‘facho’, ‘seguidor de Hitler’, etcétera. Los del No se convirtieron en unos silenciosos apestados hasta que promedió la tarde del domingo y se destapó la verdad, para sorpresa de muchos.El ‘chicharronazo’ ha sido difícil de asimilar, sobre todo por periodistas que hicieron de este plebiscito una causa propia y se desgañitaron en la tarea de ‘aplastar’ a ese otro país que desconocían y que hoy están en el deber de respetar, acatar, reconocer.Después del domingo 2 de octubre, tenemos un nuevo país, una nueva Colombia que le dice a los dictadores –“hago lo que me da la gana”- o a los prospectos de estos, que no es posible gobernar con medio país y lanzar a la oscuridad a los otros.Lo que se adviene, es el diálogo civilizado entre Santos, las Farc y los 6.431.376 votantes del No, para emprender un nuevo camino que no eche en saco roto el acercamiento y los avances, sino que depure el acuerdo y permita, para bien de todos, estar cerca de la justicia, con equilibrio en los castigos y beneficios para quienes desean reintegrarse como ciudadanos en la familia colombiana.En aras de la paz no era posible entregar el país. Lo que se pactó en la fiesta de Cartagena no fue un acuerdo, sino una entrega, la misma que hoy es puesta en evidencia ante la comunidad internacional.Después del pasado domingo también se respira una atmósfera distendida en los medios de comunicación, tiempo que debe ser aprovechado para la reflexión, para entender que un periodista sólo se debe a la verdad. Alimentar rencores, enfrentar familias, causar rencillas entre los colombianos, fue un papel que jugó el odio partidista en el pasado, el que nos llevó a esa etapa aciaga de la violencia, hoy por fortuna enterrada en el pasado.Los medios de comunicación van a tener una responsabilidad muy grande en el camino de paz y fraternidad que debe seguir Colombia. Basta de carear, inferir, divulgar calumnias, publicar noticias no confirmadas, notas que inciten a la guerra.El desarme mediático debe empezar hoy y debe ser vigilado por un tribunal de Paz Informativa, surgido de la sociedad civil, para denunciar a quienes transgredan la línea de respeto que debe acompañar este nuevo camino.Sigue en Twitter @cabomarzo

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