El Corte Humberto II

Octubre 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El daño estético que causó el Corte Humberto no se circunscribió al área del Valle del Cauca. Por cartas que he recibido, fue una epidemia que se extendió por toda la república, con daños colaterales que sobreviven en la memoria, hasta nuestros días.El director del Museo del Cine de Cali, Caliwood, Hugo Suárez Fiat, me remite esta crónica: “Muy a pesar de haber cumplido los trece años de edad los hermanos Suárez Fiat padecían la horrorosa tortura mensual, impuesta por la autoridad paterna, de someterse al terrible corte Humberto en la Barbería Visión ubicada cerca del edificio de los De Roux, en la calle 12, impactante moda estética que sólo dejaba sobrevivir unos pequeños muñones capilares que no merecían el uso de la peineta plástica. Pero no eran los únicos. En casa de sus vecinos, en la parte del Barrio Santa Teresita, vivían los diez hijos del doctor Alfonso Parra Betancourt, anestesiólogo de profesión, quien cultivaba el mismo gusto por la cuchilla que no dejaba ni motas ni crespos de tal forma que su ejército masculino de herederos sufría, rigurosamente, las vicisitudes crónicas del rapado cuando era trasladado, mes por mes, en el Pontiac sedán que acompañaría al galeno toda su vida, a la Barbería Colombia, lugar donde le esperaba ansiosamente, barbera en mano, el peluquero que se convertiría en referente del famosísimo torero Joselillo de Colombia.Cumplida la penosa afrenta los adolescentes se sometían no solo al escarnio público sino a la limitante que el corte Humberto les planteaba frente a las eventuales conquistas femeninas. Aún así los consanguíneos Suárez Fiat procuraban hacerse a los favores románticos de las señoritas Parra Duque: Victoria Eugenia, Ángela María y Chelita, de carácter remilgado, quienes no eran muy receptivas a las tentaciones con las que pretendían atraerlas los mencionados.Olga Lucía y Edith Gutiérrez, las hijas del cardiólogo, vivían cerca de donde queda el zoológico. Con la última acudíamos a clases de baile, obligatorias, en compañía de María Teresa y Roberto Sellarés Fiat, hijos de don Jesús y de doña Irma, propietarios del histórico almacén El Barato, fundado en la Calle 12, a principios del Siglo XX. Disertaba el profesor García, el de la teoría del cuadro, quien por ironías del destino, en la edad madura, perdió ambas piernas, a causa de una enfermedad terminal. Las composiciones idóneas para aprender a bailar eran Manizales del alma para el pasodoble; La pollera colorá para la cumbia; Despeinada para el rock, Mambo No. 5 de Pérez Prado y Al di la, lanzada a la fama por Troy Donahue y Suzanne Pleshette para el bolero, melodía con la cual aprendimos a bailar pegados, sacándole brillo a la hebilla.Cuando llegaba la hora de comer ponían un disco de Fausto Pappetti. Era un rito. Siendo la una de la mañana servían el menú elaborado por Juanito, el banquetero, quien tenía descrestado a todo Cali. Colocaban crispetas en bandeja de plata y caspiroletas cargadas de atún ecuatoriano. Los miembros del sexo masculino se sentaban a comer en el lugar más distante de la mesa principal. Las señoritas se reían socarronamente, con la fortaleza que les daba el corrillo, de sus pretendientes prematuros. La comilona concluía con la degustación, por fórmula, de un muchacho relleno, ensalada de papa y arroz con pasas. Se bebía abundante ron Caldas y Cocacola ventiada…”.Todas estas memorias, ligadas al Corte Humberto. Sólo que Hugo Suárez no experimentó lo peor: este mismo corte, practicado por un peluquero borracho, ‘Gallito’, el del puerto, que se aliñaba antes de motilar, previa interpretación, con su guitarra mocha, de ‘El chulla quiteño’.

VER COMENTARIOS
Columnistas