El circo romano

El circo romano

Septiembre 09, 2010 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Un gobernante que permite la prostitución masiva, no sólo es un gran proxeneta, sino que debe ser juzgado por su propio pueblo. Hablo por supuesto de Silvio Berlusconi, el primer ministro italiano que acaba de permitir el ‘reclutamiento’ de al menos 200 mujeres italianas, “guapas, con estatura no inferior a 1,75 y menores de 25 años”, para un circo grotesco en los jardines de la representación diplomática Libia en Roma, donde el dictador de esa nación, Mohamar Gaddafi, acaba de montar otro ‘show’.Alguna vez visité la Emilia Romagna, norte de Italia, y no entendí por qué algunos grafitos rezaban ‘Berluscane’; pero ahora comprendo perfectamente. ‘Cane’ en italiano significa ‘perro’.Permitir que jóvenes mujeres de una agencia de azafatas rodeen al repulsivo Gaddafi, previo pago de 50 ó 100 euros, para hacerle una calle de honor con ovaciones, es alimentar una mentalidad prostibularia, una sociedad de prepagos. Gaddafi, además, se permitió dictar ahí una cátedra de Islam, en la cual prometió que “Europa se convertirᔠa esa religión.El exótico coronel, quien viaja a cualquier parte con una tienda para sentirse Berebere, amenazó a la Unión Europea: “Si Bruselas no nos autoriza, al menos una suma de 5.000 millones de euros anuales, Europa será negra…”, pues de no tener esta ‘ayuda’, no hará nada para frenar el éxodo diario de africanos desde las costas de Trípoli.Por supuesto, la derecha italiana, entre ella la Lega Norte, está indignada y pide cuentas a Berlusconi, quien se ha limitado a decir que “lo de Gaddafi hace parte del folclore”.Voceros de la iglesia se preguntan en Roma por qué Gaddafi puede venir a Italia a montar un tinglado de propaganda islamista, y el Papa no puede viajar a Trípoli con libertad y seguridad.El Panarabismo que proclamó alguna vez Gamal Abdel Nasser, es en manos de Gaddafi un instrumento circense y prostibulario que no acerca a Occidente, si no que por el contrario genera repudio, en un momento en que los gobiernos del mundo hacen esfuerzos para borrar rencores con el Islam y abrir una nueva página en Oriente Medio y los Estados Unidos, donde la construcción de una mezquita a dos cuadras de la Zona Cero genera todo tipo de reacciones.La conducta de Berlusconi es comprensible, si nos atenemos a la sentencia de que el fruto no cae lejos del árbol. Sus fiestas orgiásticas en Villa Certosa, su conducta prostibularia, desdicen de la investidura de un jefe de estado.Ni la ausencia de trabajo o las difíciles condiciones que vive Italia hoy, justifican este circo de mal gusto que acaban de presenciar Roma y el mundo, prohijado y patrocinado por el propio gobierno italiano, en la dignidad de más de 200 muchachas, alquiladas al capricho de un dictador.Con todo lo repugnante que resulta Gaddafi, todavía hay quienes, como Berlusconi, le hacen todas las venias, con la prosternación de quienes viven arrodillados al becerro que representa el dinero. Quizá quiso agradecerle el salvamento monetario que en otra época dio el dictador a la Fiat, la compañía que llegó a ser de su propiedad. Pero, como dicen en Colombia “bueno es culantro, pero no tanto”. Ha quedado muy mal parada ante el mundo la imagen de la mujer italiana, algo que no se veía desde los tiempos de posguerra, y del reinado de Farouk, el último faraón, quien también gustaba de armar carpas de cabaret en Europa y el Caribe.

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