El centurión de Louisville

El centurión de Louisville

Junio 09, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Nunca fue mencionado como un baluarte de los Derechos Civiles en los Estados Unidos, quizá porque el escenario del Teatro Apolo en Harlem, estaba lleno; en un ala y en el centro del reflector estaba el reverendo Martin Luther King Jr., y en la otra, Malcom X.King decía que había tenido el sueño de ver a los jóvenes de Arkansas, a los rojos mozalbetes de Indiana, Idaho, Ohio, sentados en la misma mesa con los parientes de los masais, los duros obreros de los muelles de Jacksonville y Nueva York, descendientes directos de zulúes y watussis, de bantúes y carabalíes, y las aguas del Potomac temblaron con ese mensaje. A algunos les pareció que Lincoln se levantaba de su silla de mármol para aplaudir al pastor.Venía de conducir una marcha a través de caminos polvorientos, con carretas y trenos de blues, aquel ritmo hermano de los alabaos del Pacífico. Todos hablaban de Rosa Park, la mujer negra que decidió quedarse sentada en un autobús y rehusó “darle el puesto a un blanco”, como ordenaba la ley. Malcom incendiaba el escenario: “El poder está en el cañón de una pistola”, repetía delante de una multitud que alababa a Elijah Mohammed como el nuevo santo de una religión que pedía a los negros asentados en América retornar a la madre África.El negrismo, la africanidad, aquella negra negrura de la negrería de la que hablaba Martán en su Loa al Currulao, se había instalado en el corazón del Muntu, en la inspiración de la diáspora, y era cantada por Aimée Cesaire, Stockely Carmichael, Frantz Fanon, por el poeta Léopold Sédar Senghor que regalaba un tambor a Candelario Cabezas, el hijo de Esteban y Leonor, para que continuara despertando al mundo con el Tam-Tam ancestral. Y así lo hizo, en la primera telenovela colombiana con tintes afros, ‘Candó’, inspirada por Bernardito Romero Pereiro, cuando visitó a sus primos chocoanos en Andagoya.Desde el hondón de Harlem, el barrio donde era posible ver santos arrodillados en compañía de leones, a la puerta de los templos, Langston Hughes repetía en francés: “Je suis un nègre/ noir comme la nuit est noire, noir comme les profondeurs de mon Afrique…” (Yo soy un negro/ negro como la noche es negra/ negro como las profundidades de mi África…”, para que el mundo entendiera, en todas las lenguas, de donde venían esos varones de ébano que se negaban a continuar limpiando las escupideras de cobre en los hoteles de Manhattan, despegando los chicles en las aceras de Lexington y Park Avenue.Langston, como Emilio Ballagas, como Guillén y Jorge Artel, pensaba que algo debía ocurrir después de escuchar los tambores en la noche. De esa saga, surgió el Centurión de Louisville, espigado, medallista olímpico en Roma, gladiador hasta el final de sus días. Decía que era bello, que era el más grande y destrozaba a sus adversarios antes de subir al ring, con un discurso lapidario. África lo amó: “!Alí bumayé!, repetía la turba, y el centurión trotaba bosque adentro con unos saltitos que le heredaría muchos años después Barack Obama al momento de subir al Air Force 1.En África cortó troncos con un hacha. Fue a la Meca para girar en torno a la tumba de Mahoma, leyó el Corán en la cárcel cuando se negó a la guerra. Repartía golpes como sentencias, con una defensa imbatible; dos largos brazos en un intercambio fulminante, veloz, jabs sucesivos, mientras danzaba en torno al contrincante con sonrisa de hiena. A veces fingía estar cansado y su adversario venía confiado a castigarlo, ¡oh iluso! Una tempestad lo sorprendía. El centurión lo amonestaba y Angelo Dundee empezaba a llorar en la esquina, signo que el combate había terminado. Había nacido hace 74 años como Cassius Marcellus Clay. La vida dura de los negros en América, hizo que reclamara ser Mohammed Alí.Sigue en Twitter @cabomarzo

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