El cambalache del XXI

Junio 18, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Si el Siglo XX se distinguió por las guerras permanentes y el deseo de algunas naciones de hacerse más poderosas al expandir sus fronteras territoriales allende el mar, el XXI no parece diferente y avanza hoy, también, no sólo hacia una carrera armamentista, sino hacia el fraccionamiento de extensas áreas otro día reconocidas como una cultura común, ‘naciones’ definidas.Uno de los peores peligros que enfrenta hoy el mundo civilizado es el avance de Isis, la república islámica, que regresa como una pesadilla resurrecta de Abderramán III. Entre nosotros, la anhelada paz es acribillada diariamente por quienes desean arrodillar a los colombianos con una orgía de asesinatos, de crímenes contra la naturaleza. Una mancha de petróleo avanza por los ríos del Pacífico hacia el mar, un bien compartido con otras naciones. Me pregunto, ¿deberían los ejércitos de las naciones vecinas enfrentar a las Farc? Los sediciosos están envenenando también el pescado de peruanos y ecuatorianos.La balcanización del mundo se pudo ver en la vieja URSS, cuando un puñado de naciones reclamó autonomía y dio al traste con los sueños de Stalin y Lenin. El XXI empieza a caracterizarse, con fuerza, a través de perfiles de origen religioso que, a diferencia de los políticos y económicos, trazan en algunas regiones, el nuevo mapa del universo. Un disputa que parecía extinguida.En países amerindios donde el resto del mundo puede imaginar alguna unidad cultural, una coherencia de costumbres y tradiciones, también hace su aparición el deseo federalista de crear nuevos espacios territoriales. Así en la provincia de Santa Cruz en Bolivia, estalló de pronto, para sorpresa, un conato de independencia.La vieja Europa, cuya unidad monetaria y ‘cultural’ parecía marchar por buen camino, se disgrega fácilmente, en su imagen. En una nación como España, es posible encontrar comunidades que desde hace siglos se sienten autónomas, naciones únicas e independientes. Es el caso de la sociedad vasca, del territorio de Galicia y del conglomerado catalán; unos con más pasión que otros, están cobijados bajo la bandera de España, pero aspiran a ser repúblicas unitarias.España tiene hoy el sueño de poder llegar al fin de esos conflictos territoriales, mediante un proceso de diálogo que inició Rodríguez Zapatero, pero buena parte de la sociedad española mira con desconfianza, aún, este acercamiento. Detrás está el antecedente fatídico de innumerables víctimas, de marchas en las grandes ciudades, pidiendo el fin de la intolerancia, de los atentados con bomba.El atlas del universo tiene el mismo perfil pero diferentes denominaciones territoriales. En África, Francia cerró apresuradamente en los 60, sus colonias, y ello permitió que de un día para otro surgieran también nuevas banderas. La crónica detallada del fin del colonialismo francés en el continente negro, fue narrada por André Malraux, entonces Ministro de Cultura de Charles De Gaulle. En el mundo árabe, un líder como Gamal Abdel Nasser, proclamó, desde una perspectiva revolucionaria, lo que se llamó el ‘Panarabismo’, un sueño que salta hoy en pedazos, entre enconados y seculares fundamentalismos. España, comparada con sus enormes territorios colonizados, se proclamó como una pequeña nación que basó su expansión y poderío militar, en una bien aceitada maquinaria de guerra. Como la inglesa, dejó nuevas naciones desperdigadas por el orbe.Hoy, los retos del hambre, las enfermedades endémicas, las diferencias religiosas, plantean los mayores interrogantes. El sentido de pertenencia a un lugar se ha extrapolado ante las grandes migraciones, como ha ocurrido desde el Sur y el Caribe hacia Norteamérica, y más que límites territoriales, las naciones más pobres aspiran claramente a un mejorestar que, infortunadamente, se ve cada vez más lejano.

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