El camaleón

El camaleón

Marzo 10, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Me gusta, por múltiples razones, una canción de Rubén Blades que empieza diciendo: “Qué es lo que pasa camaleón/ deja la envidia que me tienes/ aunque tú cambies de color/ yo siempre sé por dónde vienes…” En mi brevísima existencia he conocido varias clases de camaleones, pero debo reconocer que el más genuino es el que toma arrestos diarios para creerse ‘inteligente’.No hay nada que inspire más ternura y, hasta piedad, que un bruto con iniciativa. De eso estamos llenos. De esa ‘inteligencia’ hecha de la marabunta culta que arroja diariamente Internet en manos de los farsantes; tipos que dicen cosas como “a decir verdad, creo que la Biblioteca de Alejandría sería hoy un paquidermo fallido, pleno de ácaros y hongos. En buena hora sus llamas iluminaron el cielo…”(¿?) Cosas así que deslumbran a los tontos.O, “el templo de Sófocles pudo ser, realmente, el camino indicado para los alquimistas. Su desaparición dejó al mundo griego en la orfandad y arrojó cenizas hasta nuestra maltrecha modernidad…”¡Wow, cuánto brillo!Estos Borgecitos que van por el mundo descrestando calentanos, se ponen en evidencia diariamente con sus poses archiconocidas. Han hecho de la simulación un Modus Vivendi.Sé, por ejemplo, de un personaje que tuvo una educación deficiente, pero cita sin pudor a Schonpenhauer, a Breton, a Uccello, a Eco, intenta desacralizar a figuras probadas de la literatura universal y comete de pronto la bobería de disparar –¡también!- contra Fernando Botero. Ya muy adulto, decide contraer nupcias, afirma que es pobre, critica a “los ricos”, pero muerde sus manos cuando no le dan el hueso a tiempo. Cambia de color, como el camaleón. Todo esto, desde luego, me parece, por demás, incoherente. En lo anterior, se aplica la parábola del tigre al que le arrojan diariamente un cuadril de caballo viejo dentro de la jaula. El día que falta la carnaza, el tigre ataca a su alimentador. Sin duda.El camaleón sabe de todo –conoce del cultivo del sorgo, el millo, la soya, puede disertar acerca de la producción de caña en Asia y América en tiempos del cólera, la geometría y la aeronáutica en los lienzos de Da Vinci, el contrabando de tapices en Bizancio y, al tiempo ‘fustiga’ prestigios, con una dudosa sintaxis, valido de un aura que él solo ha creado para diversión y aplauso de intonsos.Semanalmente, leo comentarios a pie de columna, y me encuentro con unos personajes –todos con seudónimo, es claro- que atizan diariamente el odio contra Álvaro Uribe Vélez, el ex presidente por el que jamás he ocultado genuina admiración. Estoy en esa libertad, como otros son santistas, anapistas, farianos. Uno de ellos, el más cándido, funge ser mi amigo, y después de despacharse contra el mandatario más importante de Colombia, se despide con un “Cordial saludo, amigo Medardo”.Debo decir que no puedo ser amigo de quien trata de manera tan grotesca e irrespetuosa a alguien que merece mi admiración. En este punto, manifiesto que los enemigos de mis amigos no encontrarán en mí asomos de aprecio.En varias ocasiones han tratado de “reconciliarme” con el camaleón de marras y me niego, me negaré a esa posibilidad porque, al fondo, me parece una gracia de la vida tener al menos 1 enemigo.La enemistad pone sal y pimienta a la existencia, y saber que alguien te odia, de manera gratuita, es un acicate para hacerlo rabiar, ad infinitum, sólo con tu sonrisa. Nada ofende más al que se cuece en resentimiento que el desinterés por su ponzoña. El resentido bebe hiel, diariamente, cuando advierte que el objeto de su amargura lo ignora de manera genuina. Sin esfuerzo.

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