El banjo herido

El banjo herido

Octubre 04, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Detrás del gatillo de Stephen Paddock desde el piso 32 del Hotel Mandalay Bay de Las Vegas, zumbaban 226 años de tolerancia con la tenencia de armas en los Estados Unidos de América.

Ahora los siquiatras tratan de entender el comportamiento esquizoide y catatónico de este personaje que acaba de ingresar a la historia por la puerta del canto trece del Dante, al protagonizar la matanza más cruenta de civiles en la era moderna de esta nación.

Pero no basta la justificación de su acto bajo la sombrilla de una educación deficiente, de una infancia infeliz, huyendo de un pueblo a otro, pues su padre, Benjamin Hoskins Paddock, fue declarado por el FBI uno de los prófugos más buscados en los años 60. Asaltó varios bancos y se fugó de prisión. La familia Paddock vivió en esos años una historia parecida a la de la pareja conformada por Bonnie y Clyde, los famosos ladrones de bancos de los años 30 que disparaban sus pistolas de harina en un filme en blanco y negro, con policías detrás, mientras tiraban por la carretera puñados de dólares.

No se entiende cómo escapa al control de las autoridades un individuo que acumula un arsenal en su casa y en el hotel al que llegó con la intención deliberada de matar al mayor número de congéneres antes de largarse al infierno.

La única posibilidad de que ello se haya dado, sin conocimiento de amigos y familiares, es la adquisición de esas armas -muchos rifles de asalto entre ellas- en el mercado ilegal. No es cierto que las armas se compran ahí como chicles o cigarrillos. El portador deja nombre, dirección y teléfono, y ello es del conocimiento de la Policía. Como cuando se saca una licencia de pesca o se matricula un bote.

Que un contador jubilado alimente a sus 64 años la fantasía criminal de hacer llover plomo sobre una multitud, nos da la medida de esa permisividad, legal o ilegal, a la que se ha llegado en una de las naciones más desarrolladas del mundo.

La música ‘country’, como su nombre lo expresa, es la manifestación más rural, campesina, de los Estados Unidos. Una de sus vetas mayores viene de las refriegas del Oeste, cuando el ferrocarril contrató los servicios de ‘Buffalo Bill’ para limpiar la pradera de bisontes que impedían el trazado de las paralelas. ‘Bill’ disparaba su Winchester sobre unas manadas que Estados Unidos jamás volverá a ver, y los niños cantaban una tonadilla: “Buffalo Bill/ donde pone el ojo, pone la bala/ y la compañía su cuenta le paga…”

El ‘country’ le canta a los amaneceres, al campo abierto, al vuelo del águila, a ese idilio que continuó en la publicidad del hombre Marlboro, el intrépido que madruga a seguirle la huella a un venado, mientras calienta un café en una hornilla Coleman. En estos conciertos abundan las botas vaqueras, los chalecos de cuero, los sombreros y desde luego, músicos de camisa leñadora que cantan con voz nasal acompasados por banjos y armónicas.

Johnny Cash, Dolly Parton, Willie Nelson, Kenny Rogers, entre otros, se cuentan como figuras del ‘country’, una cultura que va más allá de la música. El ‘country’ sobrevive en los miles de norteamericanos que hacen de un auto su casa, y van por las carreteras de este país pernoctando a la orilla de ríos y grandes lagos. El ‘Fafner’ de Cortázar, una buseta Volkswagen que le inspiró su bellísima novela ‘Los Autonautas de la Cosmopista’, hoy es solamente un buen recuerdo de los nómadas que llevan cocinas, dormitorios, salas de televisión, internet, duchas, sobre cuatro ruedas. Y claro, guitarras; muchos grupos country van así y dormitan donde les llega la noche.

Es por lo anterior que la masacre de Nevada es doblemente sensible para un país que tiene en el ‘country’ mucho del espíritu rural de los pioneros, los del hacha de Lincoln. Los blues son los alabaos del Mississippi en la voz Robert Johnson. El ‘country’ es la plegaria.

Sigue en Twitter @cabomarzo

VER COMENTARIOS
Columnistas