El ausente

El ausente

Diciembre 27, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El taxi va raudo por la intersección que separa a la Plaza de Toros de los ventorrillos del River View Park de donde se escapa una humareda mezcla de algodón de azúcar, mazorcas asadas y carne refrita.

En el radio suena de pronto un estribillo que sólo reconocí cuando mi hija me dijo que la acompañó en París por muchos años, en una audición que no estaba exenta de lágrimas: “Vamos a brindar por el ausente/ para que en año nuevo esté presente…/ vamos a desearle buena suerte/ y que Dios lo guarde de la muerte…”.

El taxista sube el volumen; es Pastor López, el cantor venezolano que está por estos días en Cali, el que quizá no sabe a cuántas familias acompaña cada año, como la voz de Tony Camargo en su histórica interpretación del ‘Añoviejo’, o la de Néstor Zavarce en ‘Faltan cinco pa’las doce’.

El taxi continúa entre las luces dispersas y recuerdo entonces la vieja ribera del río, cerca de la Primera, donde otro día se apostaban los vendedores de pólvora y de máscaras. Sábanas de papel que contenían diablitos, una pólvora azul fabricada con fósforo blanco, se confundían con el hedor de cola reseca de las máscaras que confeccionaba Hernán González en La Loma de La Cruz.

Hernán ya falleció y nadie heredó este arte que le dio a Cali su última pincelada de pueblo grande, antes de expirar el pasado siglo. González ponía a secar sus máscaras en el techo; ahí, El Llanero Solitario, El Gato Félix, Pardo Llada, Horacio Serpa, y antifaces que recreaban la figura de bandidos famosos: ‘Chispas’, ‘Sangrenegra’, ‘El Capitán Ceniza’, ‘Tirofijo’, y por supuesto Don Sata, con unos cachos que parecían tocar las Tres Cruces y expelían ese aroma mezcla de azufre, cola, pólvora y feria.

Alguna vez entrevisté a Hernán y me dijo: “Este arte lo aprendí de un vagabundo, de esos que hoy llaman desechables. Yo estaba en la olla; no tenía ni para comer aguapanela con pandebono, y ese hombre se me apareció providencialmente. Era dibujante y escultor. Le decían Tony y nunca más lo vi. Todavía recuerdo cómo hizo las primeras máscaras; confeccionó los moldes del Pato Donald y La Calavera, en barro. Después tomó restos de papel, de ese sobrante de las bolsas de azúcar, y engrudo. Me enseñó, y aquí me tiene. Me puso a vivir…”.

En la Quinta, los mariachis se alistan para otra noche rancheras y despechos, pero dentro del carro continúa sonando ‘El Hijo Ausente’, la que trae recuerdos al chofer: “Conocí a la señora, y por eso se lo cuento. Ella tuvo un puesto en Sanandresito. Cada diciembre me invitaba, porque fui muy de su casa y ahí compartíamos guaro, empanadas, lechona. Usted no me va a creer pero ella siempre dejaba un puesto vacío en la mesa del comedor, para uno de sus hijos, también amigo mío, que se fue a Venezuela a buscar fortuna. Pasaron los años; diez, quince, veinte, treinta, y ese man nunca vino y tampoco supimos dónde estaba. Ella le mandaba cartas a direcciones posibles en Caracas, en Barinas, en Maracaibo; consultaba brujas, pagaba para que los naipes le dijeran algo. Una hechicera le dijo que no se preocupara, que el man estaba ganado y por eso no había vuelto, que al menos se tranquilizara porque estaba vivo…”.

Un poco impaciente por conocer el final, le pregunto por el epílogo de la historia, pues el taxi ya desciende por Granada y estoy cerca de casa.

“Para no alargarle el cuento, la señora murió hace como dos años y ese man regresó el año pasado dizque preguntando por ella, pero ahí no había ninguna clase de amor; imagínese, se perdió más de treinta años. Los hermanos me dijeron que vino a pedir herencia de una casa que ella dejó, y otra vez se perdió, regresó a Venezuela. Imagino que ahora debe estar en la mala”.

Me bajo y el estribillo continúa resonando mientras giro la llave de mi casa: “Vamos a desearle buena suerte/ y que Dios lo guarde de la muerte…”.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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