El anís de mis montañas

Noviembre 01, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Después de beber mucho aguardiente en mis años mozos, hoy me miran con sorpresa cuando en los bares pido un Yogo Yogo.La madre de mis hijas jura que antes de los 30 años era ‘más inteligente’, y que el aguardiente es el culpable de haber quemado al menos 136 neuronas y endorfinas, que eran las que me garantizaban el éxito literario y el éxito en el romance.Llegó a afirmar, en varias ocasiones, que la Industria de Licores del Valle es la culpable de que no me hayan otorgado el Premio Nobel de Literatura, antes de los 40 años…La verdad, al igual que a Marco Tulio Aguilera Garramuño, el Nobel no me desvela. Un palmarés así me arruinaría la vida. Poco antes de que se lo entregaran al chino Mo Yan, hace unos días, recibí varias llamadas de Estocolmo en la que me aseguraban que este año sí… Pero, no entiendo por qué habrían de apresurarse los académicos suecos, cuando todavía no he escrito mi obra maestra.El Nobel trae consigo mucha plata y mucha fama, y ya se sabe que demasiado dinero corrompe el pensamiento, daña las relaciones sentimentales, sube el estrés en la escala de los impuestos. Ahora, la fama; eso de no poder salir en pijama a comprar un panal de huevos, de mercar con canastilla en el supermercado, de echarse agua con mate en el río Pance, sin el asedio de la prensa mundial, es fastidioso.Lo del Yogo Yogo tiene que ver con la vieja historia de un cowboy maloso que entraba en los peores bares de Abilene City y se hacía lanzar un vaso de leche por la barra infestada de malandros. “Milk is for babys”, (la leche es para los bebés) decía uno de los perros del oeste, y acto seguido empezaba un relampagueo de Colt 45 en el ‘Saloom‘, con el correspondiente correteo de coristas, gradas arriba, la caída de un enano en el abrevadero, y la fuga del barman debajo de los espejos ya tiroteados, entre bolas de billar desperdigadas y el sonido de un banjo, cuando ya el inocente vaquero de la leche se alejaba por la calle principal, arrastrando seis ataúdes. Antes de decir adiós, el tipo rastrillaba el fósforo en los dientes de un parroquiano, para fumarse un cigarrito corto, después de mirar, bajo el ala del sombrero, la soledad de aquel pueblo donde lo habían tomado por gilipollas.No, pero en serio, pido Yogo Yogo, no porque me crea un perdonavidas, sino porque me encanta su sabor. Es mejor que el aguardiente. Si uno se guiara por el sentido común, nunca bebería; el licor es amargo, requiere cierta preparación para beberlo y, además, provoca alucinaciones.Me pasé al whisky y al vino, cuando comprendí que un guayabo de aguardiente es lo peor. Una vez me dio con ‘delirium tremens’; soñaba que unos muñequitos rollizos subían por unas escaleritas hasta mi cabeza, entraban por las orejas, sacaban de mi cerebro un material parecido al coltán, bajaban otra vez por la escalerita, llenaban unas carretitas y las descargaban cerca de mi ombligo. Fue cuando invoqué a San Judas Tadeo y prometí no volver a ingerir aquel licor al que le habían hecho hasta canción: “A mí denme un aguardiente/ un aguardiente de caña/ de las cañas de mis valles y el anís de mis montañas… /no me den trago extranjero, que es caro y no sabe a bueno…”. Ya lo del orgullo de ser colombiano venía después, aunque me di cuenta que el compositor estaba ebrio… de patriotismo. Además, qué pena con el vecindario. Todavía recuerdo una madrugada de hace muchos años, después de una rumba trepidante en compañía de Álvaro Burgos, cuando me dejó en Juanambú al filo de las cinco de la mañana: “¡Ahí les dejo al poeta, en avanzado estado de embriaguez!”, gritó. Al otro día, amaneció la fachada de mi casa con varios disparos de ‘paintball’.

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