¿Dónde está el capitán?

¿Dónde está el capitán?

Enero 19, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

“El 10 de abril de 1912, el Titanic partió del puerto de Southampton rumbo a Nueva York…”.“El 13 de enero de 2012, el Costa Concordia partió de Civitavecchia rumbo a Savona…”.Dos inicios para dos historias de barcos gigantescos que no llegaron a sus destinos; dos naufragios con 100 años de diferencia. Ambos barcos tuvieron bautizos controvertidos; cuando la botella de champán se estrelló en la proa del Titanic, un funcionario de la White Star Line, profirió una frase que aún arde en los archivos aduaneros: dijo que “ni Dios” podría hundir aquella mole de 46.328 toneladas, tres bibliotecas, nueve cubiertas, 29 calderas, cuatro chimeneas y una orquesta de cámara. En el bautizo del Costa Concordia, la botella de champán no se rompió contra la proa, en el primer envión, lo cual, entre marineros, es un mal presagio.El Titanic está en la memoria del mundo, no sólo por la dimensión de su tragedia, sino por los rituales marítimos que pervivieron a su mito. Un capitán nunca abandona su barco; así lo representó Steven Spielberg en la película donde el hombre que traza el rumbo, permanece de pie y en silencio, cuando advierte que nada puede hacer ante el iceberg. Es el instante en que se escuchan los violines en cubierta y la voz de Céline Dion. Momento sublime para el cine.Lo del Costa Concordia es la antítesis de los rituales del mar; porque no estamos en 1912, el mundo acaba de enterarse que Francesco Schettino, el capitán, no sólo desvió el rumbo sino que abandonó la nave en medio del zafarrancho. Los náufragos lo encontraron muy orondo en la isla, en compañía de tripulantes. Nada que ver pues con el heroico capitán del cuento que permanece erguido cuando los diantres de la mar halan su navío hacia la oscuridad abisal. Hace mucho, los cruceros dejaron de ser solaz exquisito reservado a ricachones; en esta era del crédito, las compañías han conquistado a las clases medias endeudadas. Hoy es más fácil hacer el tránsito por el Caribe o por el Tirreno, con novia incluida, así toque pagar el gustico por diez años. Claro, el nivel de la comida ha decrecido, y a cambio de los valses de Strauss, en estos barcos se tocan Bachata y Reggaeton. El cristal Murano desapareció de los comedores y de las lámparas de Limoges, de la vajilla inglesa y la cubiertería Christofle, en plata, sólo queda el recuerdo. Los viajes en barco se perratiaron, como las travesías trasatlánticas en Jumbo. Y con ello, se dijo adiós también a la seguridad. Mi hermano, que fue marino de navíos griegos y recorrió los siete mares, me dice que no puede creer que estas naves embarquen a miles de personas, sin hacer antes un simulacro que les indique qué hacer en caso de emergencia. Les interesa sólo el dinero.A este naufragio le ha surgido un ingrediente romántico que puede salvar al capitán; aseguran que se acercó demasiado a la isla, porque en un promontorio estaba la novia de Antonello Tievoli, el maitre, el mismo que subió a la cabina de mando para decirle adiós con la mano. El capitán quería permitirle este privilegio, sólo que se acercó demasiado a las rocas que echaron el barco a pique. De todos modos, sin tener en cuenta las razones del corazón, me pregunto si es menester sacrificar a 4.200 personas, por la mirada acuosa de una novia que vedesde el acantilado a su maitre enamorado. El amor tiene motivos tan inextricables, que la razón no entiende. Ni siquiera viendo hoy la carena del Costa Concordia, hundida frente al faro de Giglio.

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