Detesto los gatos

Detesto los gatos

Octubre 18, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Por principio suelo no atender la amistad de mujeres que anden, amen o duerman con gatos.Soy gatófobo desde chiquito, quizá desde que conocí las picardías solapadas de éste, el animal más ladino de la tierra. El gato es por vocación ingrato, cómodo, siente que debe ser atendido y no devuelve nada a cambio. A diferencia de los perros que traen el periódico, olfatean alegres entre los zapatos cuando te ven llegar, duermen al pie de tu cama, los gatos, nada. Escogen el más mullido sillón y desde ahí nos miran como si fueran reyes destronados. Como si les debiéramos algo.En Connecticut conocí una gata negra a la que la naturaleza puso una mancha blanca, a manera de corbatín, a la altura del cuello. Así que cuando estaba erguida, parecía que iba de esmoquin a alguna fiesta de gatos persas, muy adinerados. Sus dueños la colmaban de mimos; bolas de hilo de seda, escaleras de algodón virgen, para que puliera sus garras, peines traídos de China, bebederos en forma de Minnie, la mujer de Mickey Mouse, tiovivos con pájaros para cazar a placer. Se llamaba Bessie y, no obstante su vida burguesa, salía en las noches al huerto a revolcarse con un gato rufián entre los tomates y los pepinos de rebrote. Supe que era zángana porque regresaba un poco maltrecha por la ventana de la cocina y se instalaba en un cojín de terciopelo, a escuchar las notas de Debussy que su dueño acariciaba en el piano.Llevaba en su nombre esa doble ‘s’ que en inglés resulta sonora y grata para los felinos. Parecía conocer las manías de los visitantes y se empeñaba en hacer exactamente lo que uno no deseaba: se posaba sin permiso en medio de las rodillas y arañaba el cashemire de la bufanda. Cuando era adolescente, un gato fue el azote de mi casa. Era amarillo y rayado como un tigre al que la genética le hubiera quitado todo su orgullo. Mi madre le traía tomates chontos del mercado, pero él los despreciaba y prefería hincarle el diente a los mejores. Se robaba siempre los tomates grandes, los más rojos y jugosos, para devorarlos en algún techo vecino. Una vez pretendió llevarse un lomo entero por la ventana de la cocina, pero fue sorprendido en pleno robo por los ladridos del perro. Un acto, hay que decirlo, inexcusable y miserable, habida cuenta de que se trataba del almuerzo de numerosa familia. Pero los gatos son así, cínicos.Aquel gato murió de viejo. Se quedó dormido una tarde en el dintel, y cayó al vacío, sin que su astucia y agilidad le permitieran agarrarse de alguna ventana, como lo había hecho en otras ocasiones.Cuando visité la casa de Hemingway en San Francisco de Paula, noté que detrás de aquella torre que le hiciera construir su esposa, para alejarlo de las distracciones mundanas y de los lagartos, estaban las tumbas de sus gatos. Ahí, el famoso ‘Cristiano Viejo’, que aparece en uno de sus poemas, de los casi 90 que dejó olvidados en un cajón de nochero del Hotel Ritz de París. Una noche, decía, los “gatos malos” –imagino una pandilla de felinos malandros – le dieron muerte.Así que cuando visito una amiga y veo 'areneros', platitos con leche y pelos en las sillas, salgo pitado. Máxime si la fémina se permite, en medio de la cena, compartir bocado con estos animales expertos en fingir desamparo. Es seguro, pienso, que duerme con el gato, lo apechicha en las noches de invierno y permite que este remonte, cual sultán, hasta su almohada.Si el gato fue en su origen un tigre, un lince o un leopardo, al que domeñaron bravura a fuerza de darle trozos de carne y tazas de leche, esta domesticidad lo volvió obsecuente, lambiscón, adocenado, lo pulió en los peores simulacros para sobrevivir en medio de la raza humana.

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