Derecho a la viringuez

Derecho a la viringuez

Abril 23, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

España locuta: “Andar desnudo no es un derecho”, y ello afectará a las centenares de valquirias que arriban ahí cada verano con la esperanza de poner su piel al sol hasta quedar como langostas gratinadas.España tiene hoy 450 playas donde es posible despojarse de ropas, correr por la arena y gritar viva Colombia. Así en el norte como en el sur. La primera comunidad que da este paso -prohibir el nudismo en sus playas-, es la de Castell-Platja D’Aro, en la Costa Brava, y el desacato tendrá multas de hasta 300 euros.Según un comunicado que se conoció ayer y que fue replicado en casi todos los medios del mundo, -lleva la firma de cinco magistrados- “el nudismo no está tipificado como delito pero el Supremo entiende que se puede prohibir la actividad y sancionarla porque afecta las relaciones de convivencia. No puede compartirse la idea de que estar desnudo en cualquier espacio público, como la playa, constituya sin más la manifestación externa de la libertad de pensamiento…”.La declaración tiene ya detractores, como el presidente de la Federación Española de Naturismo, Ismael Rodrigo, quien entablará una querella ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo. Dice que el nudismo es una ideología, y como libertad ideológica está consagrada como derecho fundamental en la Constitución española.Estar ‘públicamente’ en un lugar, de la misma manera como vinimos al mundo, es una sensación sin par. Alguna vez, cuando Juanchaco y Ladrilleros podían ser playa para dos, kilómetros de soledad y palmares, me permití este diálogo inocente de la piel con el paisaje; la comunión con el viento y el mar, es como volver a nacer. Sólo que estar despojado bajo el cielo del trópico, es muy diferente a exponer la vida en una tina de hielo. Alguna vez en Norteamérica, ya era septiembre y fui con mi esposa a caminar por la playa; ella recogía caracoles y yo piedras de formas caprichosas. Los nacidos en el Pacífico colombiano jamás alzamos un caracol de la arena para llevarlo a ninguna parte, porque estamos convencidos que traen mala suerte. De pronto, al ver el agua del mar irisada por la brisa, dentro de un cuenco de piedra que formaba una piscina natural, me despojé de la ropa y me lancé al agua, llevado sólo por el impulso gozoso que me provocó ver aquel remanso de tarjeta postal. Sin embargo, ¡Oh necedad!, al instante empecé a sentir que alfileres fríos se clavaban en mi piel, no obstante las previas advertencias de mi mujer que miraba incrédula desde la orilla. Aquel masaje tremendo en esa tina de hielo, fue como escuchar el trote de mi sangre por todas las arterias; pienso hoy que si todavía estoy vivo fue por el vuelo del último cormorán desde esa playa de Connecticut, que me dijo, en su aleteo, que era necesario salir de ahí rápido, emigrar, porque el tiempo de los bañistas hacía rato había pasado. Mi mujer nunca supo del quemonazo aquel que recibí en el agua –macho que soy- y siempre que pudo refirió a sus familiares y amigos la anécdota tremenda de ver a su marido braceando en un mar helado, sin aterirse y con la barbilla en alto. La verdad es que salir temblando de ahí no hubiera dejado muy en alto el nombre de Colombia. La patria primero. Pensaba en eso, cuando los árboles empezaban a quitarse la ropa ahí en mi calle; el árbol que estaba frente a mi casa, no dejaba caer sus hojas hasta bien entrado el invierno. Permanecía verde, como en un misterio que no quiero averiguar todavía. ¿Orgullo arbóreo, primavera tardía, negación del tiempo? No lo sabemos. Los árboles, como nosotros, tienen sus buenas razones para tratar de ser diferentes, o fingir que son felices aún en medio de los peores temporales.

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