De insultos y blasfemias

De insultos y blasfemias

Agosto 28, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Claro, de España heredamos un ‘sentido’ para maldecir y blasfemar y para hacer más patéticas y dramáticas las sentencias. Puedo recordar a la única hermana de mi padre, dando certificado de validez eterna a sus palabras: “Con estos ojos que han de comer tierra…”.Si alguien esquivaba una deuda, decía por ejemplo, que esa plata se le iba a convertir en “agua y sal”, de la misma manera que no creía en la inconsciencia absoluta de los ebrios: “Ningún borracho se come su m…”, anotaba, y tenía toda la razón. No hay borrachos absolutos.Si el tunante o cernícalo no atinaba en el rebaño, lo entregaba a “las tres divinas personas” (¿?), o lo peor, deseaba que se lo llevara “un carro de diablos”.En España se blasfema duro y todos los días. Las increpaciones no reconocen jerarquías ni credos. Alguna vez le pregunté a un castellano acerca de su hijo, a quien no veía en mucho tiempo, y me dijo, no te preocupes, está muy bien en California, “vive como Dios…”.Un sábado de verano, por la ventanilla de un bus que me traía de Salamanca, observé el jaleo nocturno de Madrid. Alguien, fuera de sí, en una esquina, y por motivos no advertidos, gritaba: “!Me cago en la leche!”.En un reciente concurso de blasfemias, ganó una frase de esta suerte: “No seguiría a tu Dios ni en Twitter”; y otra, “sobreviví al virus de Dios…”. Y aunque el teólogo Martín Patino dice que “no debemos agarrarnos del código penal para defender a Dios”, en Italia, una blasfemia puede ser castigada con una multa de hasta 5.000 euros.José María Goicoechea recoge un caso famoso de blasfemia en el sur de España:“El cantaor flamenco José Domínguez, El Cabrero, actuaba en Alcolea, Córdoba, una noche del verano de 1980. Le falló la voz, y una parte del público comenzó a increparle. El Cabrero se enfadó y se marchó del escenario diciendo “me cago en Dios”. Fue juzgado y condenado a dos meses de prisión por delito de blasfemia. Ingresó en prisión en octubre de 1982. Hasta el arzobispo de Sevilla, el papable Carlos Amigo Vallejo, solicitó el indulto del cantaor al entonces ministro de Justicia, Pío Cabanillas”.En insultos no se queda corta la península; ahí, decirle a alguien que es un “chulo de calamar”, un abrazafarolas, un cebollino chupacables, fanfosquero y gaznápiro, tiene consecuencias.O un lechuguino longanizo, malasangre y soplaguindas, puede devenir en pasmasuegras, pelagambas, malasombra, soplapollas, peinabombillas, tarugo o palurdo. Un chirimbainas, calzamonas y atarbán, puede ser también un besugo, huevón o ganapán.En esto de insultar, entre más castiza sea la palabreja, mayor herida. Entre otras cosas porque, a veces, el insultado no se percata del daño que contiene un libelo dicho en el momento oportuno y con el “tono” adecuado. Todavía recuerdo a Diomedes Quiñónez, el rector barbacoano del que fue por mucho tiempo el único colegio privado del puerto, el Instituto Buenaventura: “¡Zafio, muérgano, patán!”.Entre nosotros está desapareciendo el zoquete y el zopenco, más no el zángano. Esta acepción, referida a una mujer, traduce sinvergüenza, fufa, fufurufa o zunga. En Italia, zángana es “cafona”, la misma que adquiere visos bizarros en el Pacífico colombiano, con denominaciones que tienen en su raíz semántica una perversa musicalidad: cachureca o cachaloba.Otros insultos, infieren más que sentencian; en Argentina, una “malcogida” es una mujer de mal carácter, equivalente al “malfollao” de España.

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