De China a Buenaventura

Diciembre 15, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Van, Cheng, Moy, Yip, Hung, Lam, Fong, Yung, Sitú, Liloy, León, Choix, Chang, Cantín, son todos apellidos de familias chinas que llegaron al litoral del Pacífico colombiano a través de Panamá, Ecuador o Perú.Con todos ellos fuimos a la escuela y el colegio en Buenaventura y vimos cómo, entre la lluvia y los camotes, los frutos del mar y la papachina, se fueron haciendo porteños, tanto como nosotros, desde los mostradores donde vendían arroz, pan recién horneado, clavos y martillos, comida china.Mi abuelo Gonzalo Arias Cabezas, de Barbacoas, decía que había visto llegar los primeros, allá al inicio del Siglo XX; “bajaban de los barcos, con trenza en la espalda, pantalones a la rodilla y sandalias, en el puerto de Tumaco o en Buenaventura…”.Trocaban sus nombres chinos por los más comunes en español; así, se supo del chino Juan, del Chino Luis, del Chino Carlos, de Roberto, Pablo o José. Sus identidades asiáticas sólo quedaban consignadas en los pasaportes panameños, peruanos o ecuatorianos y emprendían aquí una nueva vida, a veces sin comprender o hablar español perfectamente, hasta el día de sus despedidas, cuando, por una antigua creencia, sus almas transmigraban a China, aunque sus cuerpos quedaban en las preciosas tumbas en forma de pagodas, en el cementerio chino de Buenaventura. De todos los chinos que conocí en el Pacífico, recuerdo especialmente a Carlos, a quien todos llamaban familiarmente “El Chino Carne”; era ya un anciano y todavía iba por las calles del puerto con una vara sobre los hombros, como en la vieja China que había dejado mucho tiempo atrás, de la cual pendían dos cajones, a lado y lado, en los que llevaba vísceras, las mismas que recogía en los mercados. Se agachaba sobre un pedazo de cartón para jugar a los dados por unas monedas que alguien quisiera ganar o perder con él.Unos marineros bajaron de un vapor una tarde y se encontraron con él. Le hablaron en cantonés, que era su lengua materna y lo convencieron de regresar a China, pues, imaginaron, Carlos llevaba aquí una vida desdichada. Hablaron con el capitán y no hubo muchos rodeos. Regresaron con él a las costas del Sur de China. Andando el tiempo, los porteños empezaron a extrañar el paso de Carlos, y pensaron, jamás volvería. Sin embargo, él tomó otro barco en China y regresó a Buenaventura. Dijo a sus paisanos que se aburría mucho allá, y había preferido volver. Esta historia, verídica, me la refirió mi condiscípulo Jorge Cheng.Cada año, por Navidades, acompañaba a mi hermano hasta la ferretería de su padrino Carlos Fong, a recoger el aguinaldo, el cual indefectiblemente era una botella de vino moscatel con un calendario de la ferretería donde estaba señalada la clave de telégrafo en caso de que alguien quisiera hacer contacto con él para importar azadones, hilo calabrés, lámparas Coleman o aparejos de pesca. Su clave telegráfica era la abreviatura de su nombre: ‘Cafong’. Me gustaba ir hasta ahí, porque, mientras la botella era empacada en un papel precioso, así como el calendario, esperábamos en una salita donde un buda de porcelana dejaba subir por su estómago a varios niños sonrientes. En la ferretería de Don Carlos Fong, se conseguía también papel vejiga para las cometas y anzuelos que destellaban una luz azul solferina en la que adivinábamos una buena pesca.Afuera de su tienda uno podía encontrar algo de lo mejor de esa síntesis racial que la Costa del Pacífico; nativos Wananas de las bocas del Río San Juan, venidos de Taparal, Palestina, con su mercadería al aire libre; gargantillas de colores, brazaletes o ‘chochos’ para los niños recién nacidos, para evitarles el mal de ojo, raíces secas medicinales, jengibre, oraciones para alejar al Maligno, bendiciones para atraer dinero, y en las aceras y a plena calle, cecina, pescado seco, piangua, carne de tiburón joven.Sigue en Twitter @cabomarzo

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