Darse en la jeta

Julio 19, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Si viviéramos todavía en los tiempos del Frente Nacional, ya me hubieran multado la mano. Tuve dinamita en los puños, desde niño, sólo que ahora que he empezado una dieta libre de gluten y que en Colombia los dos bandos encontrados por un ‘tuitazo’ amenazan con “darse en la jeta”, recordé las veces que me he liado a puños y las razones que llevaron a esa decisión.

La primera vez, tenía 13 años y andaba enamorado de una niña ecuatoriana, creo, que me miraba sibilinamente desde la banca de las chicas en mi escuela primaria. Instituto Buenaventura, plantel privado, mixto, donde ella cargaba loco a más de uno. El otro pretendiente era Andrés Dorronsoro, molesto por el creciente número de sonrisas que me prodigaba ‘Guayabita’, como llamábamos a la preciosa infanta. Dorronsoro era hijo de uno de los comerciantes más prósperos del Puerto, y era mandoncito y pagado de sí mismo. “Arias, tenemos que resolver esto”, me dijo, muy machito, y respondí a la manera de Carlos Palau: “A la salida nos vemos…” La pelea no pasó de ser una escaramuza de un sólo revolcón en el andén del Instituto; nos separaron a tiempo. Andrés es hoy uno de los pastores evangélicos más prestigiosos de Cali, con iglesia propia.

Andando el tiempo, tuve mi primera pelea seria; fue con un compañero que tenía nombre de prócer norteamericano: Se llamaba Washington Salas y presumía todo el tiempo de sus bíceps. Nos liamos en una riña con décimas ofensivas –sí, en esa época se peleaba con poesía- y le lancé una como dardo envenenado porque comprometía la dignidad de su madre. Me dijo: “Esto no se queda así”, y comprendí que la controversia lírica iba a terminar a los puños. Nos dimos durísimo en el mismo andén y terminé con la nariz reventada. Ahora reconozco que Washington me molió, pero durante mucho tiempo aseguré que le había ganado.

El tercer round fue en la secundaria, en el Pascual de Andagoya. Tuvieron que quitarme a un tal Riascos que se las daba de perdonavidas. Cuando me cansé de su estupidez -ahora le llaman bullying- le di tal muenda que terminó debajo de un pupitre pidiendo misericordia. La pelea fue taquillera, porque se dio en el recreo y los bandos contrincantes cerraron las puertas del salón para que la reyerta fuera privada, sin testigos profesorales.

Pensé que no volvería a pelear, aunque ya entonces había empezado a levantar pesas con el monitoreo de Oscar ‘Chang’ Taylor. Con casi 17 años tenía la misma estatura de hoy, 6 pies con 5 pulgadas, pectorales de piedra y manos encallecidas de alzar fierros todos los días. Además, con el auge de Bruce Lee y las artes marciales, a un grupo del colegio nos había dado la fiebre por partir tablas con el filo de la mano. Cajón vacío de tomates o de mangos que veíamos, lo partíamos, preferiblemente frente a las chicas del Liceo Femenino del Pacífico. Pero, al fondo, yo exhibía una fuerza serena; no me metía con nadie, no abusaba de ese turbión de poder que de pronto me había caído encima, e iba con seguridad por los pasillos del colegio.

La pelea del siglo fue en el coliseo del Puerto. Yo era de la selección de baloncesto, aunque no iba a los entrenamientos ni acepté uniforme. Un tal “Pachanga”, terror de primíparos, subjefe de una gallada que aterrorizaba a los barrios, me tiró un balón a la cara. Quizá hasta el día de hoy debe estar arrepentido de aquello. Terminó debajo de una tempestad, llorando como una nena. Gritaba que lo salvaran de la muerte, como efectivamente lo hicieron sus correligionarios. El castigo que recibió fue como un bálsamo. Desde entonces llegaba silencioso al salón, no volvió a cazar peleas, ni a darse ínfulas callejeras. Cuando quería medio levantar las alas, gritaban: “¡Ahí viene Medardo!”. Infortunadamente, a veces, el mejor correctivo para un rufián es una buena paliza.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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