Danza Lucumí

Abril 17, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

De todo lo que puede dar luz, es la música propicia mensajera. Se irradia al mundo, hace amigos, comunica ideas y no conoce ninguna frontera. Narra lo que pasa en la aldea y se vuelve universal, como ocurre con alguna literatura. Desde el Caribe se ha enviado a todo el planeta, desde siempre, un mensaje de fraternidad y alegría. En las letras del son, del guaguancó, de la bomba, la plena, el seis chorreao, el merengue, el vallenato, se nombran pueblos que aparecen como arcadias, paraísos perdidos, lugares engrandecidos por el aliento de la poesía.En Colombia nos falta cantar más a nuestra tierra, a tantas cosas bellas que tenemos y que recrean realidades más allá de los Montes de María, del río Guatapurí o de una Carmen de Bolívar que a veces no conocemos, pero se quedó ahí, aprisionada en un tiempo de sol, de luz y ensueño bajo un cielo de labios rojos.El Club San Fernando de Cali viajó por el mundo, en la voz de Matilde Díaz y del Benny Moré. Lo que canta la música cubana o puertorriqueña, referente a pueblos y lugares, alcanza también tonos de gesta: Palma Soriano, Placetas, Cienfuegos, Puente Tierra, Loíza Aldea, La Perla, San Lorenzo, Camagüey, Las Villas, Santurce, Mayagüez, Santa Isabel de las Lajas, Ponce, Bayamón.Cuando llega la revolución a Cuba a fines de los 50, el son sigue su camino, y se hace voz política, instrumento del nuevo orden, aunque en los arroyos, el “lumpen irredento” continuaba su bohemia de bolero y amanecer, de guaguancó y rumba Columbia, como lo mostró el escritor Guillermo Cabrera Infante, actitud que le costaría el exilio.No se puede negar que toda una tradición clásica y popular de la música cubana, se detuvo abruptamente frente a las nuevas tareas de la revolución, pero el espíritu del son continuó vivo, como brasa ardiente, debajo del “materialismo dialéctico”, de la Nueva Trova, la timba y el songo. De ahí el fenómeno de ‘Buenavista Social Club’, una bomba musical que estalló por todo el orbe como una revelación. Ry Cooder, en compañía de un productor como Juan de Marcos González, se dio a la tarea de buscar a esos viejos que muchos creían difuntos. Olvidados, arrinconados en lugares polvorientos; el mundo volvió a escuchar el piano prodigioso de Rubén González, amigo de Arsenio, a Ibrahím Ferrer, Omara Portuondo, Elíades Ochoa, Compay Segundo, Pío Leyva, Manuel Puntillita Leicea.Hoy, desde Cali, la pianista y musicóloga Heliana Portes de Roux, se dio a la tarea de liderar un proyecto musical que muestra ya sus frutos: Baracutey, viaje musical a esa Cuba de la que habla Alejo Carpentier en su libro. Están aquí los homenajes a Ignacio Cervantes (Adiós a Cuba); Ernesto Lecuona (Danza Lucumí); Antonio María Romeu (Tres lindas Cubanas); Manuel Saumell (Los ojos de Pepa).‘Baracutey’ es un vocablo taíno que traduce “ave de alto vuelo”. Este conjunto de cámara contó con los arreglos y la orquestación de Félix Darío Morgan y de los también cubanos, Julio Segundo Menéndez, Ángel Hernández y Rafael Ángel Coz. El aporte colombiano está integrado por Jairo Antonio Henao, José Danilo Moreno, Ferney Verano, Alexander Duque, José Fenando Torres, Carmen González y Evert Manyoma.La interpretación que hacen del Son al Son, de César Portillo de la Luz y El Manisero, de Moisés Simmons, permite pensar que esta producción está para grandes logros. Concursará por el Latin Grammy 2015.

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