Dalí

Julio 05, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El mar traía ráfagas azules hasta Port Lligat, ese lugar encantado en una cala de Cap de Creus donde el pintor Salvador Felipe Jacinto Dalí y Domenech, Marqués de Dalí de Púbol, tenía su casa. Era el año de gracia de 1978 y hasta ahí llegaron unos pocos colombianos que tuvieron el privilegio de estar cerca de su genio: Enrique Grau, el barranquillero Carlos Lozano, del Ballet de Inglaterra, la consulesa de Colombia en Barcelona, señora Bautista, María Sala de Agnelli, la escritora Alba Lucía Ángel, pájara pinta del verde limón y el caleño Felipe Domínguez Zamorano.

Domínguez había llevado a Grau a Cataluña para culminar ahí la serie pictórica ‘Musa Ornitológica’, la misma que estuvo a cargo del impresor Vicente Aznar, uno de los grandes maestros de las artes gráficas en Barcelona. Pude conocerlo en 1991 cuando dio a luz en su taller la serie salida del pincel de Álvaro Gómez Hurtado. Visita en compañía de Felipe y Juan Antonio Roda, después de saludar a dos íconos del arte catalán: Cuixart y Amat.

Ahora que Pilar Abel, la española citada este 11 de julio por el Instituto de Toxicología y Ciencias Forenses de Madrid para comprobar si su ADN se corresponde con el genio de Figueras -afirma ser hija de Dalí- he dado en recordar al pintor que continúa repartiendo asombro por el mundo.

Asistí a su última gran exposición programada por el Museo Reina Sofía de Madrid a inicios de siglo. Ahí, como señal de bienvenida, el sofá rojo en forma de labios de mujer y claro, ‘La Persistencia de la Memoria’, esos relojes exhaustos que empujaron a Domínguez Zamorano muchos kilómetros fuera de su casa para encontrarse con el genio.

Quise saber cómo fue aquel encuentro. Felipe se alojó en el Ritz de Barcelona, el mismo hotel que elegía Dalí, con dos invitados; Enrique Grau y Alejandro Obregón. Llamó a su casa por un teléfono de clavija, de los de entonces, y para su sorpresa, Dalí le expresó: “He oído hablar de usted; lo espero en mi casa…” Lo del conocimiento que tenía de él, Domínguez lo tomó claramente como una broma, pero sin pérdida de tiempo acudió a la cita. Cada día en la residencia de esa costa dorada, Gala ofrecía un evento cultural, ‘happenings’, y en aquella ocasión, hippies venidos de los cuatro puntos cardinales protagonizaban ahí actos de magia entre la piscina y un patio donde el baile seguía la elación de nubes de incienso. “La espera para acudir a su casa duró 11 días. Yo tenía 21 años. Recuerdo que al llegar nos recibió un gran oso polar, disecado, y encontramos a Dalí sentado en un trono. Gala Eluard, su esposa, descendió lentamente las escaleras y le ordenó sentarse a su lado. Mi azoro fue grande, pues ella quiso que yo ocupara el trono”, recuerda ahora Felipe.

Domínguez es el único colombiano que logró hacer un contrato de creación pictórica con Salvador Dalí. Le compró dos obras originales en planchas de metal, de las cuales se harían 75 grabados de cada una. El motivo: Homenaje a Bolívar y la Libertad de América. El proyecto tenía un costo de 1 millón y medio de dólares de la época, pero al fallecer Dalí, el 23 de enero de 1989, no pudo cumplir con el encargo.

Por no tener herederos, quienes se encargan hoy de este patrimonio universal del arte, son el Estado español y la Fundación Gala. Domínguez Zamorano presentó querella a través del abogado Xabier Añoveros Trías de Bes, pero hasta el momento no se conoce veredicto con respecto a esta reclamación.

El novelón de una supuesta hija remueve ahora los huesos de Dalí, el que aparecía en los salones con una langosta en la cabeza o llegaba por primera vez a Nueva York en un carguero. Se hizo transportar del barco al muelle de Brooklyn metido en un huevo, como si fuera un polluelo. Toda la prensa del mundo registró ese momento en que el pintor rompió la cáscara y se instaló en el aire de esa ciudad sagrada. Dalí.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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