Cuestión de humanidad

Cuestión de humanidad

Agosto 04, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Hace pocos días nació un bebé ahí, en medio de la indigencia, el hacinamiento y el temor por regresar a Cuba. Se trata de más de mil cubanos, entre mujeres y niños, que esperan hoy lo peor en Turbo, mientras el Gobierno colombiano endurece el discurso para justificar su repatriación.“Se van o los deportamos”, acaba de decir el director de Migración de Colombia, Christian Krüger, en un tono arrogante. Manifiesta que los “aviones están listos” para devolver a los cubanos a la Isla, y sólo está a la espera de los requisitos gubernamentales para emprender esta acción.El que tantos pobres del mundo busquen hoy a nuestro país, tiene que ver no sólo con su condición de tránsito hacia Panamá, Centroamérica y Estados Unidos, sino por el relativo equilibrio económico del país, una realidad que deslumbra, por ejemplo, a nuestros hermanos venezolanos.Acabo de ver la película ‘Habana, el nuevo arte de hacer ruinas’, de Florian Borchmeyer y Mathias Hentschler, por gentil cortesía de Lilliam Bueno Bonet, para acabar de entender la naturaleza de esa bella ciudad que de pronto apareció ante el mundo como si estuviera bombardeada. Los directores, logran contraponer planos del pasado –La Habana vibrante de la primera mitad del Siglo XX, parecía en alguna de sus arterias la Gran Vía de Madrid- a la realidad de hoy, donde teatros, casas señoriales, palacios, edificios, caen a pedazos.Me conmovió especialmente la historia del cubano que decide vivir en la tramoya de un viejo teatro, donde, así lo escuchó una vez, “se presentó Enrico Caruso”. La voz del tenor italiano recorre las ruinas, mientras su protagonista, cada noche, sube y baja el telón y creen ver en el escenario a viejas figuras del arte cubano. Sueña que por ese estrado imaginario se desliza Beny Moré, como una pantera, o ‘ve’ a Celia tocando unas maracas, mientras Caíto le hace coro: “Ay, yo me voy a Pinar del Río/ entre sus aguas quiero cantar/ tierra de música y poesía…”O la historia del cubano que cría palomas porque admira “su libertad, su capacidad de ir de un lugar a otro”, sin aduanas.La película tiene una voz en ‘off’ que es la del intelectual, un joven escritor cubano que imagina a La Habana como Venecia, en tiempos de la peste que inspiró la novela de Thomas Mann. Piensa que estas nobles ruinas, esta ciudad decadente, serían el escenario ideal para un autor como Mann, quien seguramente tomaría un mototaxi en la calle Obispo, por La Zaragozana, para entablar un ‘diálogo teológico’ con el conductor, a la postre el mismo demonio que lo llevará hasta Belén y Jesús María, o lo dejará en el muelle de Regla, a la espera del barco con rumbo a Guanabacoa.Viendo el drama de los cubanos en Turbo, no pude evitar evocar imágenes de ese extraordinario documental, el mismo que me hizo recordar el texto del arquitecto Eusebio Leal Spengler, ‘La Habana, ciudad antigua’, y el poético ensayo de Alejo Carpentier, ‘La ciudad de las columnas’.Cuba ha sido por más de tres años la casa del proceso de paz colombiano, el mismo que está a punto de reinsertar y atender en sus necesidades básicas a centenares de delincuentes. No pinta bien para este Gobierno devolver a la isla a quienes han huido de ella, empujados por el horror, atizados por esa certeza de ser muertos en vida. Quien vive en la miseria material y espiritual, un día se da cuenta que no tiene nada qué perder y se echa al mar con un neumático y sus recuerdos; una foto, un disco, un escapulario, una imagen de los Tres Juanes.Colombia tiene la obligación de ser humana y amistosa, y acoger sin dilación a quienes sufren por carencia de alimentos, la peor violencia instaurada por el despotismo de sus gobiernos.Sigue en Twitter @cabomarzo

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