Cuba, como un bolero

Cuba, como un bolero

Junio 21, 2017 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Los cangrejos crujen bajo las ruedas, huyen a sus refugios y, a lo lejos, entre las piscinas de agua marina para el cultivo de camarón, se anuncia una vaguada.

“En agosto, esta carretera parecerá una alfombra roja”, dice el conductor, y uno puede imaginar la caparazón de miles de crustáceos en pos de un espacio que otro día les perteneció. “Los más grandes rompen las llantas, así que el paisaje será también de choferes desesperados…”

Ya al atardecer las malvas se incendian en el cielo de Cuba, y aparece un parquecito íntimo, del Siglo XIX, como esos espacios de brisa tibia que surgen de pronto en algún rincón de Cartagena de Indias. Es el parque Céspedes, de Trinidad, a 400 kilómetros de La Habana, con sus rosales intactos y unas bancas donde las cuitas de amor han dejado un brillo opaco. Para que la imagen sea perfecta, tiene faroles y trinitarios mayores que parecen esperar ahí las noticias del ciclón.

En otro tiempo, algunas calles de La Habana Vieja fueron adoquinadas con madera y alquitrán, y así continúan alrededor del Palacio de los Capitanes Generales, en Obispo y Mercaderes y junto a la Catedral, por los soportales donde yacen derribadas las campanas que doblaron a muerto cuando España anunció el deceso de Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico.

Esos adoquines se conservan en las calles de Trinidad, la vieja ciudad del Caribe más parecida a Salvador de Bahía. En sus templos vetustos ya no doblan las campanas, pero sus ventanas continúan arrodilladas, como antaño, dejando ver en su interior mamparas, celosías, patios soleados, aposentos en galería, como en los pueblos de Colombia. Trinidad fue el bastión esclavo más importante de Cuba, con La Habana, asentamiento de aristócratas que importaban pianos de Europa, vajillas marcadas con el nombre de las familias, muebles, bienes preciosos. En el museo que domina la ciudad desde un torreón, un grupo de mujeres mantienen la tradición del bordado.

Y en las noches, en las escalinatas de piedra, en la parte más alta, sobre una pequeña explanada resuena otra vez el son cubano, la timba, el songo, para el baile al aire libre donde danzan jóvenes venidos de Italia, Canadá, Alemania, Suecia y Holanda, mayormente.

Cuba ha sentido siempre orgullo por el ron que produce; en los pueblos, cuando no hay para el Havana Club, blanco o añejo, se toma ‘chispae´tren’, un caldo áspero, de fabricación casera, el equivalente al ‘vino peleón’ de la España profunda. Hoy, en Cuba se bebe también un ron especiado con canela, el Ron Santiago. En la isla se mantiene la secular competencia entre habaneros y orientales. Santiago, en el extremo Este de la isla, fue capital y exhibe un carnaval anual que deja percutir su trompeta china en el mundo. Así como los turistas van en peregrinaje a la Habana Vieja, Santiago es el templo donde espera la Casa de la Trova. Los habaneros dicen que la ciudad no aguanta más, que los orientales llegan haciendo ruido, pervirtiendo el trabajo, pero ambas ciudades, La Habana y Santiago, son como un faro que atrae a todos por igual.

Llegar al atardecer a Cienfuegos, el puerto con sus palacios, su bahía, aquella plaza que parece mirar desde el Siglo XVIII. De cara al mar, una efigie gigantesca de Bartolomé Maximiliano Moré, el cantante universalmente conocido como Benny Moré, se presenta con un saludo: “Cienfuegos en la ciudad que más me gusta a mí…”, frase tomada de la canción. Por entre el Teatro Terry, la casa cultural que lleva el nombre del cantor, el arco del parque, el Hotel Unión, Cienfuegos ha dispuesto unos parlantes permanentes, en los que, a toda hora, se escucha pianissima la voz del Benny: “Te quedarás porque te doy cariño/ te quedarás porque te doy amor…”

Las peluquerías de siete puertas con sus espejos que se encuentran en el destello ahumado del pasado, hablan al oído de músicas distantes; Rancho Luna, Guardalavaca, pasacaballos. Bolero o guaracha. Qué bueno canta usted.

Sigue en Twitter @cabomarzo

VER COMENTARIOS
Columnistas