Con la punta del pie

Septiembre 23, 2010 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Hace unos días fui a bailar Salsa -me precio de ser buen bailarín- y por poco termino en el hospital. La pareja que elegí dirige hoy una Escuela de Salsa en París. Bailé con ella desde los tiempos del Chuzo de Rafa, Convergencia y La Taberna Latina. Recuerdo, en una ocasión, y en compañía de Álvaro Burgos, salimos aplaudidos en un amanecer de Agapito, en el Juanchito de aquellos tiempos.Sin embargo, en esta ocasión, y una vez empezamos a bailar, ella empezó a convulsionar como si al tiempo la picaran los diez mil chinches del Barrio Latino; hizo un pique de pie derecho, combinado con izquierdo, brincó tres veces adelante y atrás, quebró el cuello girándolo en redondo, como la chica de El Exorcista, y se dio a perseguir las notas del piano como una posesa, al tiempo que se desgonzaba hasta el piso, exigiéndome recogerla de ahí, para lanzarla después al aire -en dos ocasiones debí quitarme para evitar que me cayera encima. Ya en el suelo, reptaba bajo mis piernas para sorpresa de quienes ahí estaban.La presencia salvadora de un ventilador de aspa en el que quedó engarzada mi otrora brillante pareja, no permitió que los daños fueran mayores; pero el dictamen del galeno fue determinante: esguince clavicular con abertura de muñeca, fractura de hombro y derrengamiento de cadera. Mientras me recupero, con paños de agua de caléndula en las rodillas, pienso en qué fue de la Salsa de aquellos días, cuando marcábamos la clave con el corazón, no se conocía el paso del ‘ovni’, ni la rapidez de pies o el malabarismo eran considerados virtudes para bailar.La Salsa, heredera del Son y el Guaguancó, no puede terminar convertida en un espectáculo de circo, donde la intensidad del frenesí del esqueleto sea el ‘no va más’ del baile.“¿Es esto Salsa?”, le pregunté, y admitió que no, que se trata de una vertiente de espectáculo creada en Cali en la que se crean ciertas coreografías, para competir en eventos internacionales.Al volver a la ciudad, me entero también que existen más de cien escuelas de ‘Salsa’ en los barrios y que este fenómeno da trabajo perfila ilusiones, permite que más modistas de barrio, zapateros, bailarines, concurran a lugares de donde son disparados a Tokio, Nueva York, París.Me digo que es bueno que los sectores populares tengan en la música una cantera de sueños, pero al tiempo, y con riesgo de parecer aguafiestas, debí decirle, dolorosamente: “esto no es Salsa”.Al tiempo que se promueve el espectáculo, es urgente hoy en Cali, particularmente con los niños, crear talleres de inducción didáctica para entender los orígenes y esencia de esta música, y luego sí, con fundamento, liberarlos en un pista de baile, donde seguramente el malabarismo y brillo circense estarán acompañada por el respeto a la clave, al Son y al Guaguancó.Sin entender la intención y el sustrato de los ritmos cubanos, puertorriqueños -bomba, plena, seis chorreao-, y dominicanos -merengue, bachata- es imposible tener camino en este fenómeno artístico caleño que, de no ser corregido a tiempo, caerá en la repetición y el hastío.De hecho, son muchas las voces que se elevan para decir que esto que se presenta ahora como ‘Salsa’, se volvió "cansón". Porque no hay innovación; quién no sabe de dónde viene, no sabe para dónde va. Queda abierta la discusión.

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