¿Clemencia para Lehder?

¿Clemencia para Lehder?

Agosto 13, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El Gobierno colombiano se ocupó recientemente de la suerte de Juliana López, la modelo presa en China por tráfico de coca. Este episódico interés diplomático no alcanza para resolver la situación jurídica de centenares de colombianos presos en cárceles de Estados Unidos, Europa y Asia. Pero, dentro de lo políticamente correcto, alivia saber que un gobierno “se acuerda” de esos condenados que caen en el infierno de cárceles extranjeras. Y digo infierno pues acá la suerte de los penados es distinta; visitas conyugales, gabelas de una justicia compasiva y laxa y, si el convicto tiene suficientes medios económicos, teléfonos inteligentes, licor, droga, serenatas y chef particular. La carta de Carlos Lehder no debe ser desoída por el Gobiernoo, pues, como él lo expresa, cumplió ya su condena de 30 años y tiene derecho a la libertad y a vivir, si así lo desea, entre los platanales del Quindío, su tierra natal. Son muchos los capos que caminan hoy tranquilamente por South Beach en Miami, o por Lexington, en Nueva York, lejos ya del cilicio de las cárceles. Se puede estar de acuerdo o no con lo anterior, pero es la ley. Lehder fue testigo del imperio del narco creado por el general Noriega en Panamá. Anota en su carta que Noriega vive hace seis años en su país, mientras él continúa sin reconocimiento de sus derechos humanos. La carta, escrita a máquina, con múltiples errores de ortografía y sintaxis, tildes innecesarias, con giros propios de algún rábula hispano, expresa sin embargo lo que cualquier compatriota vencido a sus casi 70 años por el sistema carcelario, desearía: morir en su país. Es difícil aparecer como abogado del diablo, pero en el caso del exnarco, se trata de un caso de lesa humanidad, de una petición de clemencia que el Presidente de los colombianos puede reconsiderar. Cuando la justicia es fuerte, su estatura, delante de un bandido arrepentido, tiene la potestad de ampararlo, sin que el miedo potencial que puede causar un individuo de esta catadura en la sociedad, logre minusvalorarla en su majestad. Me pregunto si Lehder es peor que Garavito, el Monstruo de los Andes, o si su figura, ya acercándose a la edad provecta, puede intimidar más que la de un ‘Popeye’ u otros asesinos confesos. La hija de Lehder adelanta desde hace años una campaña por la libertad de su padre. Conocí en Nueva York, en Queens, el cementerio donde está sepultada casi toda la legendaria mafia siciliana que registró el escritor Mario Puzo en ‘El Padrino’. Cuando muere un viejo capo del clan Gambino, llegan hasta ahí los enormes carros funerarios, las limusinas que traen en su interior a los vástagos y perros de presa de reconocidos delincuentes. Ellos saben que el FBI y la DEA los vigilan de cerca y cumplen sus honras con la cotidianidad de cualquier cristiano. El IRS, equivalente al Ministerio de Hacienda o la Dian de Colombia, conoce sus cuentas bancarias, sus impuestos, el destino de cada peso que se escapa de las cuentas de los grandes clanes mafiosos, y los ‘judicializa’ cuando son sorprendidos en lances de juego, prostitución, droga o ‘vendettas’. Pero se mantiene respeto por sus familias y por los derechos a los que se acoge cualquier individuo nacido bajo el cielo de EE.UU. Abogados gratuitos, visitas familiares, atención en salud. Desoír este pedido de clemencia del excapo colombo alemán no permite una buena presentación del Gobierno Nacional ante el mundo. Este caso, como el de centenares de compatriotas presos en múltiples lugares del planeta, requiere diálogo directo para saber si efectivamente se le están violando sus derechos, como lo anota en su misiva.Y beneficio de inventario para aquello de “visionarios contrabandistas paisas que convirtieron refinadas hojas de coca en oro puro…”. Detrás de esta visión romántica, Colombia lo sabe, hay demasiada sangre.

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