Cenizas de amor

Noviembre 03, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

La Iglesia acaba de prohibir las cenizas al viento, uno de los actos más personales que puede uno asumir en su existencia. Durante varios años guardé en mi casa de Estados Unidos las cenizas de quien fuera mi esposa; la moral protestante es más laxa en estos asuntos, y cuando se visita alguna familia, es normal que los abuelos estén en jarrones.Entonces, Lise estuvo ahí, por varios años, acompañándome, a un costado de su piano, hasta que decidí regresar hace seis años, y la envié a Colombia por correo certificado. Las cenizas llegaron bien, en su ánfora original, con la dirección de Cedar Rock, la funeraria de Connecticut donde un 14 de agosto de 2002 incineraron tanta dulzura.Como el piano lo doné a su familia en Toronto, las cenizas vinieron a ocupar un lugar especial entre mis libros, algo inquietante para la moral católica. Me llegaron consejas desde distintos puntos familiares y amistosos, recomendándome “la dejara descansar, la dejara ir…” y recordé cómo permití que una de sus mejores amigas llevara parte de sus cenizas hasta el océano Índico, donde las esparció en una mañana de agosto. Lise siempre quiso ir al África, y ese acto amistoso permitió que estuviera ahí, de alguna manera, entre los negros que tanto amaba.En el año de su fallecimiento, 2002, iríamos a China, invitados a un congreso de etnomusicología. Habíamos estado ya en el de Río y el de Bogotá, más ese viaje a Beijing quedó aplazado; quería visitar a sus parientes, los Yip, en el sur de ese gran país, en Cantón.Cansado de observar gestos de sorpresa de quienes sabían que las cenizas de mi mujer estaban muy cerca de mi lecho, decidí llevarlas hasta el Pacífico. Hace dos años, mientras iba regularmente a Buenaventura para dirigir el Taller de Literatura de la Universidad del Valle ahí, el mismo que bauticé `Voces del Estero', fui al puerto un día, más temprano, antes de mi clase, y contraté un lanchero. Le pedí que me llevara al lugar más lejano de la bahía –para tener olas dulces, ajenas a tanta contaminación- y así lo hizo, sólo que cuando llevábamos unos cinco minutos de navegación, la embarcación se varó. Afortunadamente desde donde estábamos se alcanzaba a ver el muelle; el lanchero gritaba, agitaba unos remos en el aire para hacerse notar. No teníamos bengalas, y milagrosamente otro nos avistó desde la orilla y fue al rescate. Regresamos halados por un cabo. Todos los lancheros ahí presentes preguntaron por qué nos habíamos varado si el motor tenía gasolina, y cuando supieron que no iba a Negritos, ni a Piangüitas, ni a La Bocana, sino a llevar las cenizas de mi mujer a los fondos abisales, se negaron a hacer el viaje, de manera supersticiosa.Sólo un hombrecillo de mirada en calma se apiadó del profesor que tenía ya la clase encima, y me dijo tranquilamente: “Vamos”. Me preguntó si su mujer y su hija podían ir también. En la lancha fui acompañado por el novelista nariñense Eduardo Delgado, quien compró una botella de vino, y el poeta Omar Ortiz, quien había presentado alguna vez a Lise con el grupo Magenta Latin Jazz en su bar 'El Limonero', de Tuluá.Nos hicimos nuevamente a la mar, y ella, Lise, tuvo una despedida digna de su propia vida. La hija del lanchero preguntó el nombre de la difunta, y mientras las cenizas se hundían lentamente en el Pacífico, para ser ahora alimento de peces, pequeños diamantes que hoy brillan en los limos marinos, empezó una letanía de adioses que abrió la llave de las lágrimas.Cuando volví al hotel, para alistarme a clases, me quedé encerrado en la ducha. La puerta de vidrio se negaba a abrirse, por lo que tomé la decisión desesperada de romperla –soy claustrófobo-; oré, recordé el adiós a mi ceniza enamorada, y ya en calma pude salir a la habitación sin riesgos.Una historia como esta ya no podrá ser contada. Sigue en Twitter @cabomarzo

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