Casi a mis 60

Mayo 09, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Anteayer desperté con la intención, firme, de ser mejor persona. Inicialmente le bajé velocidad y fuerza al cepillado. Mi odontólogo aconsejó hacerlo de manera más leve, pues tengo el riesgo de dejar unas coronas descubiertas. Luego, me prometí demorarme menos en la ducha, ese lugar donde el placer del agua hace olvidar el tiempo. Lo rápido de la ducha, permite, además, calentar una arepa con más tiempo, poner sobre ella un poco de margarina y unas lajas tiernas de cuajada.Desde hace muchos años tengo un altar en casa en el que caben por igual Santa Teresa de Jesús, la doctora de Ávila, patrona de los escritores, la Virgen de Fátima, San Martín de Porres, Juan Pablo II, el Milagroso de Buga, la Virgen de Guadalupe –a la que debo ya varios milagros- el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen de la Caridad del Cobre, la de Chiquinquirá, patrona de Colombia. Antes de salir de casa rezo por cada uno de mis muertos, por amigos y amigas, por la salud de mi madre, por el trabajo y la familia.No me acosa la ira, el rencor, ni la envidia. Dios me ha dado casi todo, tres hijos y hasta hoy dos nietos, diez años para viajar por el mundo y visitar lugares que cuando era niño sólo estaban en mis sueños; he probado todos los platos y he bebido con ahínco todos los licores que en el mundo han sido. Conozco hasta el tuétano la felicidad del amor y amanezco cada día sin la preocupación del comer y del vestir, porque la Biblia lo dice clarito, palabras más, palabras menos: “Si el creador alimenta a las aves silvestres, si viste a las flores del campo con unos colores que envidiaría el Rey Salomón, ¿qué no podrá hacer por nosotros?”De Santa Teresa, en un pequeño templo de Alba de Tormes, Castilla, aprendí que uno recibe lo necesario y es menester no afanarse por asuntos materiales o situaciones difíciles: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo alcanza, quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta…” He leído despacio a Cervantes, a Shakespeare y a Borges. He vuelto a Homero, a ‘La guía de los perplejo’ de Maimónides, me deleita el detalle en las composiciones luminosas de Orhan Pamuk, me gusta la poesía de Jaime Sabines y el Nocturno de Mutis, y creo en la prosa española cuando releo a Unamuno y a Rafael Alberti.Tengo un balcón con hamaca y una cafetera que hace tinto en tres minutos, un bebedero para colibríes y una fuente de alpiste para canarios de montaña; una biblioteca con ejemplares que quizá no alcanzaré a leer en el resto de mi vida, y una victrola donde puedo escuchar algo de la mejor música del siglo XX, además de La Heroica de Beethoven, las piezas profundas de Bach, el Réquiem de Mozart, el mejor Rachmaninov, el sagrado Tchaikovsky.De este paso que es la vida, maravilla absoluta es la mujer; de ellas aprendí discreción, prudencia y silencio, y esa ciencia infusa que es pegar botones; la madre de mis hijas me enseñó a comer con tres tenedores y a poner una mesa, correctamente. Cocino como un chino de Cantón; sé de preparar platos tailandeses y conozco más de siete recetas italianas, incluido el farfalle con atún y alcaparras, y el fetuccini en salsa de whisky.Mi madre me enseñó todo lo que uno debe saber de comportamiento y cocina del Pacífico. Hablo y escribo inglés perfectamente; conozco francés, portugués e italiano, he recibido cuatro premios nacionales en mi país y acabo de publicar mi séptimo libro.Perdonen que los abrume con todos estos datos personales, pero en breve cumpliré 57 años y, creo, no tengo razones para ser infeliz. Por el contrario, pienso que ha valido la pena esta aventura de estar vivo. Si toca repetir, -nada sabemos de la reencarnación- lo haré gustoso.

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