Casera, traigo mis flores…

Casera, traigo mis flores…

Noviembre 22, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

A veces olvido que tengo muy buena memoria, aunque busque el reloj por toda la casa, y descubra finalmente que está en mi muñeca. He revolcado la habitación entera tratando de hallar mis gafas, y siento alivio -quién no-, al saber que las llevo puestas.Me pregunto, de todos modos, por qué el celular -ese adminículo que empecé a usar hace apenas dos años- suena precisamente cuando estamos en la ducha.Puedo saber, por la intensidad del timbre, quién toca a la puerta; de manera permanente las cosas me envían, desde una supuesta existencia inanimada, mensajes. Si en la vía tengo un conato de colisión, por leve que sea, regreso a casa y tomo un taxi. Una vez escribí un poema dedicado a Lisboa, sin conocerla. Lo que digo ahí, retrata la visión, casi submarina, -por el verdín de la piedra-, del antiguo templo de Los Jerónimos con su túmulo en homenaje a Luis de Camoens, el poeta.Cuando visité Lisboa, supe que cada verso de aquel poema se correspondía exactamente con la calle, el tranvía, el rojo de un traje en la ventana, los artesonados del templo de Los Jerónimos, sus corales y conchas marinas, las calles de La Alfama, el viejo barrio enchapado en azulejos.Ahora sé con certeza que los sueños –no sé si todos- son realidad, o quizá la realidad es la suma de todos nuestros sueños.En otras ocasiones, somos revisitados por realidades no pedidas, pero que están ajustadas a nuestros pasos. En una ocasión, caminaba por la dársena de Varadero; escuché a lo lejos un repique de guitarras y una voz poderosa que cantaba a la rosa nacarada de Obatalá. También, ofrecía gladiolos blancos para Babaluayé. Apuré el paso y me encontré con un caserón viejo, de dos niveles y terraza, con balcón de madera, parecido a esas mansiones de El Cabrero en Cartagena. Arriba, la luna quieta iluminaba el patio superior y pensé que a Wilfredo Lam le hubiera gustado ver lo que en ese momento parecía un sueño surgido del hondón Caribe: una mujer menuda, enfundada en un traje talar, de colores, movía las manos como una gitana, y un joven la acompañaba con la guitarra, entre las palmas de mucha gente; podían ser 200 personas o más, llevando palmas. Todos tenían aire extranjero. Entendí que no se trataba de una fiesta privada sino de un sitio público y subí a brincos las gradas. El lugar se llamaba “Rancho luna”. El aire era apretado ahí, caluroso, como de una confusión de perfumes y sexos. No lo podía creer, pero la mujer que cantaba aquel coro que decía “traigo mis flores para tu altar”, era la misma Celina, la negra Celina de mis días juveniles, acompañada por su hijo Reutilio. No lo pensé un solo instante; avancé hacia ella como si esta fuera una cita, como si me esperara, y la abracé, casi llorando, debajo de la luna y de los acordes de guitarra y maracas que continuaban trinando en la penumbra.No me importó que no supiera quién era, de dónde venía y por qué la abrazaba. Esa noche, así lo supe, iba a tener un encuentro cercano con la música guajira, la misma que, con los ritmos jíbaros, corre por mis venas, no sé por qué. No tengo ancestros Caribes, pues todos mis muertos están enterrados en el litoral del Pacífico; Buenaventura, Tumaco y Barbacoas. Muchos años después, en Cali, Isabella Prieto me invitó una mañana para que saludara a Celina. Creo que estuve un buen rato a su lado sin reconocerla, hasta que Isabella me indicó que ahí estaba. La anciana me miró con sus ojos apagados desde una silla de ruedas, y le tomé suavemente las manos, sus falanges casi al descubierto, para decirle, con la mirada, que en una noche perdida en el tiempo, ella con su voz me había hecho muy feliz.

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