Cali sin agua

Septiembre 03, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Hace unos días desperté en medio de un sueño feliz; vivía en una ciudad donde uno podía lavarse las manos al menos cinco veces al día, bañarse, por lo menos una vez en el mismo lapso y beber agua de la llave sin preocuparse.Me di cuenta que esa amadísima ciudad iba quedando lejana en la bruma del tiempo. El calvario empezó hace más o menos 1 mes, en la comuna 2, donde vivo. Abrí el grifo en la mañana y este hizo un sonido afónico, mezcla de estornudo y llanta desinflada. Pensé, se trataba de uno de los habituales cortes a los que nos acostumbramos, como a los apagones. Pero el asunto era mucho más serio. El día transcurría sin agua y no habíamos tenido ningún aviso. Debía salir inmediatamente y acudí entonces al tanque de 80 litros que mantengo para emergencias, pero esa agua estaba ahí desde hacía por los menos seis meses. No había remedio, me bañé y, creo, quedé oliendo a limo de río, con un ligero aroma de musgo viejo y metales ferrosos. Todo el día tuve el sueño de oír cascadas por la casa, como los árabes, y ahora, hasta me parecía criminal haber visto en el día anterior a mi vecino que lavaba su camioneta a plena calle, mientras silbaba ‘La vie en rose’.Espere pacientemente la llegada de la noche, mientras ‘calmaba’ la sed con Cocacola y un resto de yogur de melocotón que alguien piadosamente había dejado en la puerta de la nevera.Promediando la noche, escuché nuevamente el sonido de llanta desinflada, intermitente, pero esta vez no fue para decirme que el agua huía de mi casa, sino para anunciarme que llegaba. Me froté las manos y abrí todas las llaves; la de la pila del lavadero, llene las ollas más grandes y esperé en el baño el chorro bienhechor. Sin embargo, ¡Oh tristeza!, lo que salió de ahí fue una cascada color kaki, por no decir otra cosa, -mi hija le dio el nombre correcto- y vi cómo el viejo tanque de 80 litros, volvía a llenarse esta vez con aquel líquido oscuro al que eufemísticamente llamé, para no atormentarme, “líquido perlático color t酔.Esta vez sí me cuestioné seriamente la ducha con un agua de esta naturaleza. Pensé en enfermedades de la piel, en una lepra, qué se yo, y entonces busqué el chingue para sumergirme en un pocito de Pance que ya conozco, ajeno al ojo de bañistas bullangueros, con sus cinco piedras tutelares y un rumor de encaje que parece mentira.Lo cierto es que en los últimos días he visto cómo el agua permea las culturas. Ahora me levanto más temprano, pues dejo la llave de la ducha abierta en una posición equidistante que permita caer exactamente en el famoso tanque, mientras duermo, así que ya no uso despertador. Me despierta el sonido juguetón del agua en el baño, aunque sólo es sonido. Ahora, cambió de color té a una coloración blanquecina que no sabemos si es cloro o es Alka Seltzer, detalle que se agradece a las Empresas Municipales de Cali, sobre todo en la mañana de los sábados. Es un agua que llega, pues, completa para el guayabo.He optado, ya resignado, por no verla; la uso en asuntos puntuales, domésticos, no la bebo, pero tampoco la miro para evitar malos pensamientos. El pensamiento es frágil y ya sabemos que la duda es la madre de todos los quebrantos.Me pregunto sí, por qué esta bella ciudad a la que Carranza describió como “un sueño cruzado por un río”, bañada por al menos siete ríos cercanos, no tiene un plan B para la sequía. Preocupa porque dicen que el fenómeno del tal Niño apenas comienza, mientras el gobierno prepara un guadañazo contra la industria azucarera, un caleño descubre un colibrí que ronca y los granjeros de Kansas se frotan las manos con los nuevos ingenios que abrirán en Cuba, a 90 millas de Miami.No pedimos mucho: agüita clara para beber, su fresca caricia en la piel, paz, trabajo, y la ventana abierta para escuchar el canto del bichofué.

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