Café tostao y colao

Abril 21, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Si algo identifica la cultura puertorriqueña, ese carácter puede encontrarse en Ponce, la ciudad que guarda casi todos los secretos de la música afrocaribeña, como La Habana o Santiago de Cuba. Al llegar, el viajero lo recibe una fuente romana con leones que manan agua por sus fauces. Ya por sus calles, una arquitectura de acentos españoles muestra el encanto del pasado. Balcones, arcos, flamboyanes floridos al pie de altas puertas con forjas que emulan guitarras, violines, dicen que aquí estuvo uno de los principales asentamientos cañeros y cafeteros de la isla, en un tiempo en que los centrales (ingenios), eran base de la economía. De su mítico barrio de San Antón sólo queda el nombre. Al igual que en Granada, España, donde fueron erradicadas las Cuevas de Sacromonte, a favor de unas casas encaladas en la montaña, para los gitanos, a Puerto Rico llegó la ‘gentrification’ y San Antón sucumbió a favor de casitas en concreto con antejardín. Pero los amantes del ritmo Caribe continúan evocando la voz de Kitto Vélez: “La plena que yo conozco/ no es de la China, ni del Japón/ porque la plena viene de Ponce/ viene del barrio de San Antón…”. Ese rumor de pandereta que traen Los Pleneros del Quinto Olivo, o Los Pleneros de la 21, está por todo Ponce, como una letanía feliz. No es para menos; ahí, nacieron Héctor Lavoe, Cheo Feliciano, Pete El Conde Rodríguez. Hace más de 15 años, la ciudad abrió un malecón, ‘La Guancha’, en homenaje a Héctor Lavoe, con cafecitos, restaurantes y sitios musicales en la noche, a la manera del bulevar de Lisboa o de los ‘Flats’ de Cleveland, Ohio. Un concepto que viene bien para el futuro malecón de Buenaventura. Y evoco a Ponce porque ahí nació también Ismael Quintana, el extraordinario cantante que acaba de fallecer en Colorado, a sus 78 años. Llegó al mundo un 3 de junio de 1937 y fue la voz de la salsa, con la orquesta de Eddie Palmieri. Tenía un estilo pausado, elegante, fraseaba en ese español del Bronx neoyorquino, al que llegó siendo muy niño, como tantos músicos puertorriqueños. Quintana continuó la saga de El Canario, de esos primeros cantores que se asentaron en Nueva York y no podían vivir exclusivamente de la música, sino que eran electricistas, panaderos, carpinteros, como lo relata Ruth Glasser en su extraordinario libro ‘Aquí me quedo’. A Quintana le correspondió ser tornero, un oficio que alternaba con las tumbadoras y los coros, pero que le permitió ser escuchado por Eddie Palmieri, quien lo vinculó a La Perfecta. Su voz está ya en la historia con temas como ‘Si echo pa´lante’, ‘Café tostao y colao’, ‘Muñeca’, ‘Fango’, ‘Vámonos pa’l monte’, ‘Oye lo que te conviene’, ‘Justicia’, ‘Sujétate la lengua’, ‘Qué humanidad’, ‘Ajiaco caliente’, ‘La libertad, lógico’. Su nombre quedó en esos álbumes legendarios de la cárcel de Sing Sing y del claustro de Río Piedras. Le pregunté a Palmieri por la ausencia de Quintana en La Perfecta II, donde hoy el soneo está por cuenta de Herman Olivera -insuperable- y me dijo que gozaba de jubilación en Colorado, pero eventualmente lo invitaba a Nueva York para tocar en conciertos especiales donde su voz era reclamada por la vieja guardia de la salsa. Siempre, a diferencia de Colón-Lavoe, tuvieron una excelente amistad. Quintana jamás cayó en el infierno de las drogas, nunca llegó tarde a un concierto, se vestía con la corrección de un caballero, aún en los tórridos veranos neoyorquinos. Ya como solista, interpretó ‘Mi debilidad’, con arreglos de Bobby Valentín y Louie Ramírez. Al igual que Lavoe, fue bolerista excelso, entregado, con la devoción orgánica de los mejores del ‘feeling’. Lo recuerdo ahora en el coliseo de Buenaventura y siento, claro, que ese tiempo maravilloso se fue como un ventarrón. Quedan sus improvisaciones de maestro, su canto como un sello de La Perfecta.

VER COMENTARIOS
Columnistas
Publicidad