Cada loro en su estaca

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El sacrificio de 40 peces exóticos en Bogotá, encontrados en un centro...

Cada loro en su estaca

Enero 12, 2017 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El sacrificio de 40 peces exóticos en Bogotá, encontrados en un centro comercial, ha desatado gran polémica entre los ambientalistas, pues algunos consideran que estos han debido ser devueltos a su hábitat natural.Se preguntará alguien si valía la pena pagar el retorno de estos peces a Indonesia, y digo que sí. En las naciones civilizadas se protege la flora y la fauna, con unos protocolos que todavía desconocemos.Integrarlos de manera abrupta al ecosistema colombiano siempre es un error. Recordemos la depredación que ha causado el llamado pez león, además del inminente peligro que representan para la comunidad del sur de Cali unas babillas que alegremente dejaron prosperar en las orillas de un lago. Advertí de este peligro en una columna de hace 1 año, y Mario Fernando Prado en su reciente columna también lo señaló. Al fin el Dagma admite que deben ser trasladadas. En Colombia nos parece folclórico, vistoso, turístico, convivir con especies que no corresponden a la tradición de nuestro paisaje. Así ocurrió cuando Pablo Escobar decidió importar animales salvajes desde África, para su casa campestre. Estos animales entraron al país con todos los permisos, sellos y demás. Todavía, creo, hay rinocerontes errantes por las tierras de Puerto Triunfo.Alguna vez en los primeros días del año nuevo de 2000, topé en Buenaventura con una señora que paseaba un tigre, como si se tratara de un perro. Lo había bautizado como ‘Napoleón’ y lo tiraba de la cuerda. Entiendo que el pez basa del Delta del Mekong, ya está en el Magdalena. Al que no sabe se lo sirven como corvina, pargo rojo o mero en los restaurantes. En Asia es considerado casi basura, por el alto grado de contaminación que recibe.Devolver especies a su hábitat es deber de los organismos gubernamentales. En Toronto, Canadá, viví la experiencia de ver cómo se valora la vida salvaje. Los mapaches ven cada vez más limitado el espacio de verde que les correspondió, por el avance de la vivienda urbana hacia lugares otro día cruzados por ríos, quebradas, como ocurre en Cali. Al ver limitadas sus posibilidades de alimentación, corren en gavilla hacia los centros urbanos más cercanos, y derriban los depósitos de basura donde encuentran alimento. Lo peor que puede ocurrirle a ser humano alguno, en Toronto o en Cali, es encontrar volcado el tarro de basura, con todos los desechos a plena calle. Los canadienses, entonces, usan unas trampas especiales, con rejilla, en las que dejan, en las noches -siempre la asonada del mapache es en las noches- una lata de atún abierta. A ellos les fascina el atún; entran, y cae una portezuela. Quedan presos hasta el día siguiente cuando viene alguien de la Wild Life Foundation a llevarlos nuevamente al bosque.Seguramente regresan desde ahí con más amigotes a perpetrar su fechoría, pero a nadie se le ocurre sacrificarlos. Vi muchos mapaches con sus ojos tristes y sus grandes ojeras, mirándome a través de estas pequeñas celdas-trampas. Me aliviaba saber que volverían a su lugar de origen entre los lagos y los altos pinos. El alguna ocasión, una amiga italiana estaba empeñada en recibir como prueba de amor, un “papagayo del trópico americano…”. Le expliqué el tamaño del delito que representa traficar con estas aves; no me veía descendiendo en el aeropuerto Marconi de Bolonia, con un papagayo en la diestra.Entre los peces que acaban de sacrificar en Bogotá, estaba el Cirujano, el Payaso, protagonista de la película ‘Buscando a Nemo’, el Mandarín, el Real y el Dragón. Y también, aunque metieron el cuento que se trataba de una especie ‘exótica’ del sudeste asiático, vi ahí Canchimalos. Abundan en la bahía de Buenaventura, y son parecidos al ñato o ‘Cat Fish’ del Mississippi, por sus barbas. Sigue en Twitter @cabomarzo

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