Ante los moros, muros

Noviembre 27, 2014 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

“Si vamos a aplicar fielmente aquello de ojo por ojo, un día todos seremos ciegos”, dijo el Mahatma Gandhi, y por estos días se encienden piras en muchas ciudades de los Estados Unidos, en protesta por la absolución del policía que dio muerte al joven afroamericano Michael Brown en agosto pasado.Lo de Ferguson es apenas un episodio del incendio de mundo; terrorismo en Nigeria, sangre en las sinagogas, bombas en las mezquitas, secuestro de soldados y de un General en Colombia. En esta lucha entre “buenos y malos”, opacada muchas veces por la cortinas de humo de los motivos religiosos, se esconde verdaderamente una lucha por el poder a partir de medios no convencionales en los que el respeto a la vida, a los derechos humanos, son valores lesionados en su máxima expresión. ¿En qué momento se perdió el diálogo entre civilizaciones para dar paso a esta Tercera Guerra Mundial, no declarada? Ante la invasión árabe-africana y suramericana a Europa –“moros, más moros por aquí”- diría un manchego, el viejo continente y sus aliados, parecen responder con otra consigna: “Muros, más muros…”.Cuando cayó el Muro de Berlín, el mundo civilizado respiró con alivio, al considerar que este tipo de ignominia jamás se repetiría; la creencia, errónea, de que una pared podía dividir a la sociedad, separar creencias políticas o religiosas. El estado de Israel en su desesperación por los crímenes frecuentes de los hombres-bomba, decidió a comienzos de este equívoco Siglo XXI, levantar un nuevo muro en la denominada Ribera Occidental, con la idea, ilusa, de que este dividiría definitivamente a los dos pueblos, e impediría la llegada de nuevos suicidas a su territorio. Hace pocos días, fundamentalistas islámicos entraron en una sinagoga, armados con hachas, y mataron a cuatro rabinos. La muralla costó cerca de 500 millones de dólares. Al muro de Israel, sumamos el que se levanta hoy en la frontera entre los Estados Unidos y México y, por encima de éste, el invisible, pero eficaz, de la Comunidad Económica Europea, frente al resto del mundo, particularmente si ese mundo proviene del Magreb o de Indoamérica. En Italia, Silvio Berluscconi hablaba sin tapujos de la necesidad de “proteger a Italia, sus tradiciones y costumbres”, a través de mecanismos de inmigración inexpugnables. Igual situación se vivió en Francia, donde Le Pen impuso un discurso similar: No al inmigrante, defensa de “las costumbres, la cultura y la pureza racial” y deportación inmediata de árabes, africanos y ‘sudacas’, que es como se conoce ahí a los provenientes del sur de América. Las compañías de turismo en España, no quieren ver ni pintados a los gitanos que venden manteles, mantillas, y ofrecen ramitos de romero o lectura de las líneas de la mano en las plazas de Sevilla, Córdoba o Madrid. “Son rateros”, dicen; “si véis uno, apártate de él; no les compréis nada, llama a la policía…” Después del 11 de septiembre, infortunadamente, la polarización del mundo entre ricos y pobres, la arrasadora dialéctica del neoliberalismo y la globalización, son mucho más evidentes. Están ahí, desde hace muchos años, más, anteriormente, delante de las naciones pobres, se cumplía con fidelidad la metáfora aquella del plebeyo que aparece de pronto en una fiesta a la que no ha sido invitado. Antes del 11, se le enviaba un valet, un portero, para preguntarle si era preciso ayudarlo en algo, y ante la respuesta evidente, señalarle, cortésmente, la puerta de salida. Hoy, a ese invitado que aparece de pronto en el banquete, le dan con una cachiporra en la cabeza; para que respete. O mejor dicho, para que no vaya metiéndose en fiesta de ricos, sin conocer los códigos.

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