Ángeles de pasarela

Ángeles de pasarela

Enero 24, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

La Twiggy, una modelo que de pie parecía un flamingo rubio, y acostada, una ola tenue, la última, la que arrastra hojas secas y caracoles rezagados, así como Mary Quant, la inventora de la minifalda, contribuyeron poderosamente, ya en la segunda mitad del siglo XX, al ideal estético femenino que se instaló en las pasarelas del mundo: nada por delante, nada por detrás y una languidez cerosa de virgen de pueblo.

Basta ver el cine que se hizo antes de los 60 para ver cuánto cambió el ‘obscuro’ objeto del deseo: la voluptuosidad instalada en la mente masculina, encontraba masaje permanente con la visión de Anita Ekberg en ‘La dolce vita’, en la sugestiva Silvana Mangano, o ese terremoto de mujer que fue Gina Lollobrigida.

En el cine popular mexicano alcanzó categoría de culto la adoración por las piernas de María Antonieta Pons, Meche Barbas, María Félix o la endiablada danza de la Tongolele. Lo de México, así lo reconoció Carlos Monsivais, hizo parte de la mitología latinoamericana, un coliseo mixteca en el que Cantinflas bailaba el danzón ‘Almendra’.

“¿Qué es la belleza?” hemos vuelto a preguntar, cuando sabemos que tras el enigma de la sonrisa de Monalisa estuvo realmente una mujer rolliza -¿amante de Leonardo?- cuyas caderas no pintó el florentino. Sin embargo, por el volumen de sus pechos y la flor de sus manos, podemos colegir que delante de esos cipreses se alzó invicto un trasero divino.

Si observan bien a la Venus, la de Milo, verán que bajo sus nalgas sobresalen esas deliciosas extensiones que en Colombia tienen nombre emparentado con las liebres. Las mujeres de Goya, de su período anterior a la magia negra, nos evocan la buena salud de la andaluza buenamoza, y en las escenas campiranas de Murillo es preciso saber que las zagalas que por los montes iban, eran también rotundas de carnes, casi fortachonas, como las vírgenes de Zurbarán.

El único pintor del mundo moderno que ha tenido éxito con mujeres ‘anacrónicas’ es Fernando Botero. Con su pincel obeso ha dado volumen y belleza a féminas inspiradas en el tiempo de la hegemonía conservadora, mucho antes del ‘Triumph’ y del ‘Leonisa’, y en pleno apogeo del calzón de fique, estilo imperio, más arriba del ombligo. ‘Matapasiones style’.

Cuando ya eran numerosas las víctimas de la anorexia y el efecto pernicioso de la delgadez extrema en la mente juvenil, la voluptuosidad ha regresado a las pasarelas del mundo. Los mercachifles de la moda sólo aceptaban en sus platós muchachas cadavéricas, cada vez más presionadas por dietas de hambre. El resultado de esos sacrificios casi místicos por mantener el trabajo en ese mundo fugaz del hilo y el glamour, fueron esas chicas de muchos huesos que debían soportar en sus hombros pesados abrigos de invierno.

La industria de la moda muele sueños, juventud y belleza, porque el show debe seguir; el ‘swing’ de caderas no se detiene en Milán, Roma, París o Nueva York.

Retos difíciles cuando la antropometría se deslinda del contexto natural o del sueño de Kandinsky, y un vaivén de unas clavículas, de unas piernas talladas en el horno del sacrificio, tiene el costo amargo de alcanzar el peso de los ángeles.

En mi ya larga vida sólo conozco a una mujer que se parece a los ángeles, vuela como ellos y además no ha descendido, por la belleza, al infierno de la renunciación.

Una modelo no puede ser sólo un gancho de ropa; debe tener, al tiempo, la sensualidad desatada de Lady Gaga, el temperamento follador de Madonna, el aplomo de la Jolie, todo ello elevado, por vía de catarsis, a una categoría estética. Puro carácter.

Las ‘llenitas’ en las pasarelas del mundo quizá revaloricen el concepto de belleza, para volver a apreciar a una mujer como es, en su peso y sin afeites. Con la buena salud de Aldonza Lorenzo y de la andaluza buenamoza.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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