Amaba el mar y las botellas

opinion: Amaba el mar y las botellas

‘Papa’ es el nombre de la película dirigida por Bob Yari, primera...

Amaba el mar y las botellas

Diciembre 10, 2015 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

‘Papa’ es el nombre de la película dirigida por Bob Yari, primera producción estadounidense en suelo cubano, después de la ruptura de relaciones entre las dos naciones.‘Papa’ era el nombre que le tenían los nativos a Ernest Hemingway, el escritor que vivió ahí la mejor época de su vida. Ni los Sanfermines de Pamplona, ni el tiempo de la guerra, le trajeron tantas vivencias como la residencia en aquella casa llamada “Vigía”, por haber sido una atalaya del ejército español.Hemingway se disparó con su escopeta de caza, en una cabaña de Ketchum, Idaho, en 1961; con ese acto violento se disparó también su leyenda. En la casa cubana dejó un bar bien surtido, con muchas botellas sin abrir, vigilado por el toro de piedra que le regalara Picasso. De esta película se espera fidelidad a la vida del notable escritor; se sabe que muchas veces llegaba a su casa en ‘hangarilla’, llevado por amigos de los arroyos habaneros; beisbolistas frustrados, boxeadores, músicos de guitarra desbaratada, pescadores.En Cojímar, frente al mar, está hoy el busto que le hiciera un escultor con restos de propelas, pedazos de proas, mástiles oxidados, homenaje para quien amó el mar, la pesca mayor, la vida al aire libre.Fueron 22 los años que el ‘Papa’ vivió feliz en Cuba, hasta que llegó Fidel y empezó a vigilarlo; un espíritu demasiado libre para convivir con el materialismo dialéctico y la dictadura del proletariado. Aceptó invitaciones a pescar con Fidel y el Che y, los que saben, dicen que se dejó ganar, que dejó escapar al pez espada, para no desafiar el ego de ‘El caballo’, como se le conoce a Castro entre la población cubana.La casa escenario de esta película, la visité en 1988; antes que el escritor la adquiriera, fue de una aristócrata francesa. En sus alrededores, árboles de mango, mamoncillos, cantos de sinsonte, y a lo lejos, la línea azul del Caribe. Después de recorrer 15 kilómetros de un camino polvoriento, desde La Habana, cruzamos a través de los últimos vestigios de lo que fue la Cuba rumbera de los 50, viejos clubes y discotecas en ruinas. Entre ellos, recuerdo ahora al ‘Waikiki’, un Night Club donde Beny Moré se deslizaba por la pista como una pantera. Hemingway llegó a Cuba en 1928; venía de ser chófer de ambulancia de la Cruz Roja en la primera Gran Guerra, y buscó un hotelillo para vivir por largo tiempo. Se instaló en el ‘Ambos Mundos’, un lugar que le depararía grandes momentos literarios. En el hotel habanero escribió ‘Por quién doblan las campanas’.“Casa museo Hemingway, cerrada domingos y días lluviosos”, reza una pequeña placa en el portalón. En su mesa de trabajo está su carnet de corresponsal de guerra, balas de perdigón, marca ‘Remington’, de la mismas que usara en sus cacerías en África, ediciones de la mejor literatura de su época, revistas de mecánica y agricultura, enviadas desde Estados Unidos, y también los cuernos del enorme Kudú que cazara en compañía de los Masai junto a las nieves del Kilimanjaro. Cuando Hemingway recibió su Nobel en 1954, al regresar de Estocolmo depositó la medalla de oro macizo con la efigie de Alfred Nobel, en el altar de la Virgen de la Caridad del Cobre. Los isleños vecinos de su casa, los mismos que lo bautizaron ‘Papa’, lo identificaban como “un gringo alegre y borrachón”. En el bar, hoy restaurante, El Floridita, uno de sus lugares predilectos, continúa sentado en la barra, en bronce, saboreando un daiquirí. El bar de su casa era un Canto a la ebriedad, que Dylan Thomas hubiera firmado, gozoso. Hemingway se fue se fue de la isla porque sintió pisadas de animal grande. Después de Cuba, ya nunca más fue feliz.

VER COMENTARIOS
Columnistas