Ahí era el mar

Diciembre 05, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

El tren, como en ‘Cien años de soledad’, se adentró en un corredor de rocas bermejas, y de pronto apareció para nosotros la línea azul del océano. Cantábamos “Santa Marta tiene tren, pero no tiene tranvía”, invadidos por la felicidad de llegar al Caribe, después de cruzar medio país en el Expreso del Sol, un tren que salía de la Estación de la Sabana en Bogotá.Como estudiantes de último año del colegio Pascual de Andagoya, de Buenaventura, disfrutábamos del regalo anual que nos ofrecía Ferrocarriles Nacionales, el viaje gratuito entre Bogotá y Santa Marta. El colegio había reservado en el Hotel Park del Paseo Bastidas de Santa Marta. En la mañana, salí al balcón del tercer piso y lo que vi ahí era como una revelación divina: al otro lado de la avenida un mar azul se encontraba con una playa blanca en la que jugueteaban varios niños con un balón de colores. Sin pensarlo un instante, tomé mi playera y bajé raudo sin creer aún en lo que veía. A mis 17 años, siempre pensé que el mar azul era un asunto de las tarjetas postales, un efecto especial en las películas de James Bond.Pero todo era realidad; tomé agua en el canto de la mano para ver su color y casi al tiempo pasaron bajo el arco de mis piernas pequeños peces rojos y amarillos. Este era el mar que me aguardaba más allá del oscuro Pacífico.De aquel 1973 guardé siempre esa impresión maravillosa de Santa Marta, con sus dunas en El Rodadero, los paseos por la bahía, sus calles festivas en las noches, con grupos vallenatos en cada esquina, y aquellos autos paquidérmicos con placas de Venezuela, como yates fondeados frente a los hoteles. Entonces, los venezolanos eran nuestros vecinos ricos. Tenían fama de comprar todo, hasta lo que no necesitaban, en la costa Caribe colombiana.Cerca del hotel descubrí un pequeño restaurante chino con sus lámparas de hilo y sus cuadros de paisajes en las paredes. Durante todo el tiempo que duró la excursión, me encargué de llevarle más de 30 comensales diarios al chino. Cuando nos despedimos, el hombre salió a la puerta del restaurante con lágrimas en los ojos. Lloraba porque quizá nunca había tenido una afluencia como esta en su negocio. En agradecimiento, me regaló un bloque de pan tajado. Un pescador de lebranches pasó por la acera y al saber que éramos de Buenaventura, gritó: “¡Viva Maravilla Gamboa!”Hace un poco más de cuatro meses, invitado por Miguel Iriarte, director del Festival Internacional de Poesía de Barranquilla, regresé a Santa Marta, después de 40 años, con el propósito de repetir la emoción de mis 17 años. Busqué el Paseo Bastidas y, para mi sorpresa, encontré que existe el Hotel Park, en la misma esquina, con una estructura idéntica a la de entonces, sólo que hoy es un hotel boutique. Tomé la escalera y vi la luz arriba; casi vacilé en subir, agobiado por los recuerdos, pero hice paso firme hasta el tercer piso donde los dueños del lugar han dispuesto ahora enormes cuadros con motivos arhuacos, estampas de la sierra.Me acordé en el balcón, como hace 40 años, y miré hacia la bahía. A diferencia de los niños de entonces, ahora unas familias venidas del interior abanicaban varias ollas en la playa. Un mar oscuro traía olas lentas hacia una arena que ahora parece salpicada de pimienta. Esto era increíble; como si la premonición de Gabo con la muerte del mar, se hiciera realidad. En 40 años se fue el azul, el esplendor del mar junto al Paseo Bastidas. No, las preocupaciones de Juan Gossaín con respecto al daño ecológico de la Drummond en Santa Marta, no eran excesivas. La que fue una de las bahías más bellas del mundo, es hoy un pozo de carbón. ¿Quién nos devolverá ese mar parecido al sueño?

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