Adiós Venus

Adiós Venus

Junio 07, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Al filo de las cinco de la tarde salí al balcón para contemplar el paso de Venus delante del sol, excitado por la transmisión en vivo de la Nasa; el astro nítido en mi pantalla, gran seno incandescente con un planeta como un pezón pegado a su diámetro.Pero Venus, el único planeta que tiene el nombre de la Diosa del Amor, no se mostró a mis ojos; continuó su tránsito de siete horas –pezón viajero- para confirmarnos cuán pequeños somos y cómo nos vemos en el orbe; 7.000 millones de haraganes que giran en una bolita azul, la misma que desaparecerá cuando a Dios le dé por jugar canicas con los planetas.El viento de los farallones me recordó que Venus ha sido llamado ‘planeta hermano de la tierra’ y, quizá, por representar al amor, es árido, contiene ácido sulfúrico, posee una presión parecida a la del infierno –la superficie se mantiene a 500 grados centígrados, en la cual es posible licuar el plomo- y tiene además un día larguísimo, jarto, equivalente a 243 días terrestres. Es el segundo planeta más cercano al sol; a diferencia del ciclo que conocemos en la tierra, ahí el sol aparece por el oeste y se oculta por el este. Es además, un planeta zurdo o necio; a diferencia de los demás, gira en la misma dirección de las manecillas del reloj.Los terrícolas hemos podido llegar ahí sólo a través de sondas, pues una breve aproximación humana puede ser pulverizada por los gases de invernadero. Un planeta destinado al amor, por su nombre, tiene como carta de presentación, en su configuración, el dióxido de azufre. La metáfora no requiere mayor explicación.Pero Venus tiene su parte romántica; es citado de manera intertextual en el rosario con una inflexión que permite amar de veras a la lengua del Lacio: es la ‘stella matutina’, o estrella de la mañana, ese destello nítido cuando amanece, el que nos acompaña por las carreteras al viajar, o sonríe arriba cuando los pescadores vacían sus redes en la playa. Cuando atardece en el mundo y las panaderías echan a la calle su perfume de trigo tibio, Venus vuelve a estar arriba, para que los poetas le inventen otro nombre: ‘lucero vespertino....’.Dos fenómenos planetarios se han quedado en mi memoria; el de un eclipse solar de hace unos veinte años, transmitido en directo por Juan Gossaín. De pronto, en pleno día, se hizo la noche; los pájaros trinaban y los gallos cantaban en ese amanecer repentino, mientras Gossaín transmitía y daba cuenta de todo, en su colorida verba poética.El otro, tiene que ver con el día más corto del invierno, cuando la luz del solsticio se adelgaza hasta ser un día de pocas horas. Lo viví en Nueva Inglaterra y no supe de él, pues me acosté de noche y me levanté en la noche; cuando desperté, ya el brevísimo día había pasado, y tuve la sensación angustiante de estar viviendo en una noche eterna. Esto, en pleno invierno, con la casa cerrada y un paisaje ártico a través de la ventana, produce delirio de palmeras, anhelos de granizado de lulo. Hasta los años 60, Venus despertó la codicia de muchos. Se creía estaba rodeado por una jungla más espesa que el Amazonas, y un océano de agua carbonatada. O sea que lo único que uno necesitaba ahí era whisky y hielo, porque el planeta nadaba en agua mineral. A ese mito contribuyeron la novela de Isaac Asimov, ‘Los océanos de Venus’, y los cuentos cortos de Ray Bradbury, ‘La lluvia más larga’, donde se presenta la superficie venusina como húmeda, fangosa y potencialmente habitable.Venus, como no pude verte ahora, te esperaré, nuevamente, sentado en mi balcón, en diciembre de 2117. No te confundiré con un lucero vespertino. Te esperaré con ansias, como se espera el amor.

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