Adiós al East Village

Adiós al East Village

Diciembre 01, 2011 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Clama todos los días para que la Alcaldía de Nueva York le permita unos fondos para restaurar algo de lo mejor del arte urbano de los 70 y 80 en el East Village, donde fue precursor, escultor y poeta. Lo veo venir por la calle con su aire de los 60, cabello largo cano, chaqueta de veterano de Vietnam, un bastón forrado en cerámica y su perra ‘Jessy James’, la misma que lo acompaña por este barrio que ya dejó de ser el sueño de los judíos troskistas de comienzos del Siglo XX, la morada de Charlie Parker, del poeta Piñero y del reverendo Pedro Pietri. “¡Es Jim Power!”, exclama Iván Ramos, el escritor de Mayagüez con quien he venido hasta aquí para explorar lo que va quedando del viejo Village bohemio. Jim pasa raudo y nos saluda con una inclinación de cabeza. Es un irlandés erguido, de la vieja guardia rebelde, de la que dio las grandes peleas en los parques a fines de los 70 y comienzos de los 80, del bloque de los ‘Okupas’, de los que tomaban viejos edificios para restaurarlos con girasoles que brillaban en las puertas. “Tú no imaginas lo que era esto en los 70”, me dice Ramos. Un barrio de artistas alzados en óleos, en poemas, en proclamas. Desde Europa llegaban aviones repletos de millonarios ansiosos por comprar arte en el East Village neoyorquino, el lugar con más pintores en el mundo por kilómetro cuadrado. En las calles también campeaba la droga. Power, como otros artistas, vio la manera de transformar la realidad a partir de lo urbano, y fue por todo Nueva York recogiendo platos quebrados, trozos de vidrio, alambres de formas caprichosas, restos de demolición, para hacer sus famosas composiciones callejeras, las mismas que hoy se desgajan a pedazos. Forró postes de alumbrado, entradas del tren subterráneo, hidrantes, cabinas de teléfono, esquinas sórdidas, bancas de parque, hasta que chocó con la Policía. La reacción de los artistas permitió que a Power se le respetara y se le permitiera incrustar su arte único donde quisiera. Hoy, estas obras, son un símbolo del Village, pero si no son atendidas con urgencia, desaparecerán. Como han desaparecido las galerías de arte, los bares bohemios, para dar paso al poder económico, notorio hoy en nuevas torres, costosos restaurantes, tiendas de moda. Como en otros lugares de Nueva York, el Village avanza en su proceso de ‘gentrification’, el cual encara la salida de los viejos vecinos, pobres de bolsillo pero ricos de espíritu, para dar paso a los nuevos ricos felices de ser vecinos de lo que dejaron los 60: lotes baldíos convertidos en parques de esculturas, apartamentos con escaleras de incendio que conducen al cielo. En el ‘Nuyorrican’s poet café’, ya no declama el poeta Piñero, y la voz de Pedro Pietri no se escucha por ahí diciendo “en mi Viejo San Juan/ subió el precio del pan”, pero nuevos poetas ensayan sus versos, y en los sótanos los galleros dan soplos de Smirnoff en las espuelas de sus gallos, listos para la temporada de primavera y verano. Lower East Side o ‘Loisaida’, como quieras llamarlo. En la que fuera casa de Charlie Parker, en el primer piso, un loro nos escucha atento. Le gusta que se hable español. Desde aquí salen diariamente hordas de indignados, los mismos que quieren ocupar Wall Street y proponen un nuevo trato social para espantar la pobreza. Es posible que los hidrantes y las entradas de metro recubiertos con la cerámica que inventó Jim Power a partir de los platos y vasos quebrados en la ciudad más populosa del mundo, desaparezcan. Pero este aroma de poesía que va por las calles, nunca se irá.

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