Adiós al bar cañí

Marzo 15, 2012 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Los espejos son ahumados, como si sobre ellos hubieran bostezado Manolete, Gallo, Ordóñez; la barra es de mármol y en las paredes, viejos carteles de toros, tocados también por la grasa del tiempo, el tufo de cañas y salmorejos, tortillas, raciones de caballas, patatas bravas y calamar frito.En el suelo, un tapete de servilletas arrojadas al desgaire; en el mesón, el propietario parte jamón, exprime naranja o sirve vasos de horchata. Es el viejo bar castizo español, el mismo que en Madrid, Bilbao, Salamanca o Valladolid, se siente amenazado por los sitios ‘plays’, con muebles modernos, música ídem y una clientela muy diferente a la de los tiempos de Fraga, Primo de Rivera o el Pescaílla. Por ahí ahora se habla inglés, las patatas son fries y la vieja caña del barril, el vasito de cerveza al atardecer, beer of keg.A los lugares de antaño, pares del Drive-in norteamericano, se les llama en España ‘clásicos’, ‘de viejos’, vintage, o se les reconoce con una expresión castiza: ‘cañí’. Un sitio ‘cañí’ era aquel como el que visitaba Saramago en la ‘Historia del cerco de Lisboa’; se dejaban la prensa del día y algunas revistas viejas en el mostrador, familias del barrio desayunaban churros y chocolate espeso.Pero, los viejos no regresaron a estos ‘bares’ que otro día distinguieron las calles españolas; los jubilados permanecen ahora en sus casas, y una nueva clientela pide hamburguesas, ‘minis’ -pequeñas raciones- y prefiere el emparedado de pollo al bocadillo con jamón y pimientos. El desempleo general en la península, cambió la fisonomía de estos lugares por donde antes pasaba la cultura ibérica.En Madrid va quedando el Café Gijón, del Paseo de Recoletos, visitado en otro tiempo por Hemingway, Ana María Matute, Camilo José Cela, Pío Baroja, Robert Capa. Y por los viejos caminos de Castilla, por Puerto Lapice, Cantalapiedra, Zamora y Peleas de Abajo, quizá nunca desaparecerá el bar castizo, desayunadero y estación de viajeros, con sus máquinas tragaperras, vitrina con CD y casetes -todavía-, café y huevos aplastados en aceite de oliva.En La Rioja, hace siete años, visité un lugar sui generis: un segundo piso frecuentado por mayores de 70 años, frente a la plaza, donde sólo se va a bailar pasodobles. Sobre el piso de madera reluciente, al que se le aplica un poco de talco para facilitar el desplazamiento de las parejas, resuenan los cantos de Tomás de San Julián y Juan Legido. Este último falleció en Colombia en 1989.Una mañana, apenas a las siete, en tránsito hacia Bilbao, nos detuvimos en un bar ‘cañí’ de la carretera, donde parecía que el tiempo se había quedado congelado en los 50. Un mesero gay cantaba La Violetera entre las mesas, al mejor estilo de Sarita Montiel. Al ver ahí profusión de cornamentas en las paredes, carteles de toros, le pregunté si le gustaban los toros. “¡Me gustan los toreros!”, dijo animoso y corrió a la cocina después de hacer en el aire una verónica imaginaria.El debate entre los viejos bares de jerez y tapa de ensaladilla rusa vs. los nuevos, a los que concurre la juventud de la beca Erasmus, los que hablan inglés, leen a Raymond Carver y Paul Auster, y se van a Londres en verano, está planteado.Por lo pronto, llama la atención la opinión de un lector en El País de Madrid, acerca de este cambio generacional: “De agradecer que se vaya al carajo la barra de mármol, el camarero cutre, el torrezno, la mono opción de beber Mahou, la iluminación de mierda, la máquina de juegos y la tele con sus 40 principales. España, ya es hora de cambiar. Franco ha muerto...”.

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