¿Abad vs. el youtuber?

Mayo 05, 2016 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Hace 18 años ingresé al lenguaje informático, no por entusiasmo sino por necesidad. Llegué a Estados Unidos después de ser jefe de corresponsales de El Pueblo, jefe de redacción de Occidente, coordinador de la revista Gaceta de El País y corresponsal de la revista Cambio 16, tareas que hice a punta de tecla, en máquinas de escribir, excepto la última, pues en El País, antes de partir, alcancé a escribir en una pantallas en la que debía poner al final: ‘K + Transmita’.En el invierno de Connecticut me frotaba las manos buscando una máquina de escribir, acostumbrado como estaba a su tableteo. De hecho, encontré una en el sótano, pero mi mujer me miró con expresión compasiva: “Si quieres echar para adelante en este país, debes olvidarte de estos artefactos prehistóricos”, me dijo, e inmediatamente me inició en el mundo cibernético, tarea que completé con un Manual para Dummies que me regalara Carlos Alberto Caicedo, el padre de Andrés Caicedo.Como estudiante aplicado, compré cuaderno e iba anotando lo que debía hacer para encender el ordenador, entender los nuevos códigos, guardar los textos y -¡Oh gloria inmarcesible!- enviarlos a cualquier lugar del mundo.La primera vez que apareció mi columna en la pantalla, la misma que había redactado dos días antes lejos de Cali y cerca de Nueva York, no lo podía creer. Tanto tiempo esperando esta maravilla que permitía, además, enviar fotos.Por muchos años me negué a usar celular; la primera llamada que hice de uno de estos artefactos fue desde el tren subterráneo de Nueva York, para avisarle a mi madre, entonces en Hartford, que tardaría en llegar, pues caía entonces la nevada del siglo. Comprobé cuán útil podía ser el aparatito y continué con él hasta hoy. Y así; hace apenas 2 meses me dejé tentar por el Whatsapp, al que me he vuelto adicto. Independientemente de la inmediatez para recibir noticias, vídeos, chivas, chismes, creo que es una herramienta fundamental de trabajo, aunque sus pequeños símbolos a veces me desconciertan. Hace poco, una amiga me envió una ambulancia seguida de un banano. Pensé que se trataba de una urgencia erótica, pero la verdad, confesó que la “enfermaba el trópico’”... (¿?) Estos emoticones encierran más de una metáfora, y es por ello que los uso al azar, para que tengan correspondencia con el albedrío. Así, envío a veces botellas de champán mezcladas con marranos, medialunas sonrientes y olas encrespadas. La lectura de estas figuritas puede darle tarea a mis amigos, pues su simbología va en varias direcciones. Una primera podría colegir que estoy feliz como un cerdo porque la luna brilla sobre el mar, mientras tengo una copa en la mano… son los nuevos jeroglíficos y cada quien los interpreta de acuerdo a su capacidad de ensoñación.Hago esta larguísima introducción para ver dónde va el fenómeno cibernético. Hoy, un muchacho chileno tiene 22 millones de seguidores en la red, y acaba de crear caos en la Feria del Libro de Bogotá, ganándose la tirria de escritores e intelectuales. El problema es que jamás debió ser invitado; no es su nicho. Basta abrir en este momento Youtube, para encontrar que ‘Fervor de Buenos Aires’, de Jorge Luis Borges, tiene 5.474 entradas, y ‘Rata de dos patas’, de Paca la del Barrio, 1.224.544.En el mundo es mayor la estulticia que el decoro, la mediocridad que el afán perfectible. Duele aceptarlo, pero así es. Y esa arrasadora verdad pasa por la política. En una contienda electoral, gana el que exhiba la mitad más uno, así sea, como decía Discépolo, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.En este cambalache del Siglo XXI, con Stravinsky, continúan mezclados don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín. “Vivimos revolcaos en un merengue, y en el mismo lodo, todos manoseaos”. Sigue en Twitter @cabomarzo

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