A defender la papa

A defender la papa

Septiembre 05, 2013 - 12:00 a.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Bolívar imaginó a buena parte del Cono Sur como un todo, con una sola lengua y propósitos comunes, después de la emancipación de España. A este proyecto lo llamó Gran Colombia, y de él hacían parte Colombia, Venezuela y Ecuador.Sin embargo, la Gran Colombia (1821), se disolvió rápidamente y se convirtió en pasado, dentro de ese axioma que nos asegura: “El tiempo que oscila en el presente, es ya nuestro pasado...”. De aquel gesto bolivariano quedaron algunas réplicas hacia el futuro, las cuales se definieron en asociaciones comerciales para facilitar el intercambio entre estas naciones, y en acuerdos escritos y tácitos de respeto mutuo.No obstante, las fronteras comunes de los países latinoamericanos acusan hoy no pocos desafíos, los cuales no son un resultado de selección natural instantánea, sino la consecuencia histórica de años de diferencias no limadas, acuerdos no concertados y suspicacias, profundas, por intenciones abiertas y clandestinas que apuntan a deseos de apropiación o dominación territorial.Es el caso hoy de las dos naciones suramericanas que comparten la extensión más grande de costas sobre el océano Pacífico: Perú y Chile. Junto a Ecuador y Colombia, con litorales también sobre el Pacífico, Perú domina toda el área superior de este territorio, y es por así decirlo, la ‘cadera’ del continente, junto a un Chile que desciende hasta la Tierra del Fuego y el Estrecho de Magallanes, en una vecindad bien avenida con Argentina.De las soledades patagónicas nos habla, con acentos poéticos, el autor chileno Luis Sepúlveda. A su manera, Pablo Neruda también nos mostró con La Araucana y sus versos que tocan lugares como Valparaíso, Temuco, Parral, Viña del Mar, Santiago, la geografía de un país que muchos sólo conocen en sus versos y en las canciones de Violeta Parra.Nicaragua tiene deseos expansionistas; se preocupan los pueblos de Colombia y Costa Rica. El Presidente hondureño expresa malestar por los movimientos de fronteras, y las diferencias entre Bolivia y Chile no cesan. Los argentinos no quieren a los peruanos y los venezolanos nos miran con recelo; sin contar lo que pasa en el Caribe, donde dominicanos y haitianos no tienen paz fronteriza. Más al sur, no bien parecían opacados los ecos de la disputa entre Uruguay y Argentina por la instalación de una compañía papelera en predios limítrofes, la cual, aseguran los movimientos ambientalistas, traería contaminación a las aguas, la elección del exlíder guerrillero José Mujica en Uruguay, atizó el fuego de las diferencias políticas. “Vieja, peor que el tuerto”, llamó el presidente uruguayo a la mandataria argentina, recientemente.Así las cosas, estamos lejos, de cumplir el sueño de Bolívar. Nuestras diferencias geográficas y políticas aumentan, el sentido de hermandad latinoamericana no existe, y los conflictos internos se agudizan, más en lo que tiene que ver en la ambición de un mundo homogéneo, donde las viejas semillas que alimentaron la tribu deben ser desechadas para dar paso a lo transgénico. Un día, quizá, será tarde para entender que podemos vivir sin oro, pero no sin agua y alimentos sanos.Cada vez tenemos más mercurio en el mar y en los ríos; en un país agrario como Colombia, que se autoabastece, tanto, que alimento queda para enviar a otras naciones, el TLC amenaza con la ruina al agro; la carne importada es más barata que la nacional, importamos arroz y papas, se derrama la leche en los campos de Ubaté y los cítricos se pudren en los caminos.Enderezar el rumbo nos costará, quizá, otra generación.

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