Uber y la mano invisible

Uber y la mano invisible

Noviembre 29, 2015 - 12:00 a.m. Por: Mauricio Cabrera Galvis

Uber es un caso típico para mostrar por qué la mano invisible no funciona para organizar los mercados sino que es indispensable la intervención del Estado, pero también para mostrar los efectos negativos de una intervención equivocada, o parcializada a favor de unos intereses particulares.Recordemos que la ‘mano invisible’ es una ficción que se inventó el padre de la ciencia económica, Adam Smith, para explicar el funcionamiento del sistema económico: cada persona actúa buscando su propio beneficio o utilidad, pero existe una mano invisible que guía las acciones personales hacia fines que no hacían parte de su intención original y logra que la suma de las motivaciones puramente individuales consiga el bien común.En el caso del transporte individual de pasajeros, como hay personas que necesitan el servicio y están dispuestos a pagarlo, y otras que tienen vehículos y tiempo disponible para ofrecerlo a cambio de un pago, si se deja funcionar el mercado y la libre competencia, la mano invisible debería llevar a que las necesidades de unos coincidan con los intereses monetarios de los otros y todo el mundo quede satisfecho.Pero se imaginan el caos si cualquier conductor pudiera simplemente poner una banderita en su carro y recoger pasajeros. ¿Cómo se evita que haya una sobreoferta de vehículos que empeore más (si es posible) la movilidad de la ciudad? ¿Quién garantiza la calidad del servicio y sobre todo la seguridad del pasajero? ¿Cómo saber si las tarifas que se cobran son adecuadas, o si el conductor abusa del afán del pasajero?Para evitar el caos y garantizar el funcionamiento del sistema se requiere una mano visible que imponga requisitos para la prestación del servicio, que regule la cantidad de vehículos y que controle los abusos contra el consumidor. Para no hablar de la mano visible y armada de la Policía que debería impedir los paseos millonarios.A pesar de que existan todas esas regulaciones la realidad es bastante distinta a la teoría. Para los que buscan con urgencia un taxi en medio de un aguacero en una esquina de una congestionada calle bogotana no existe nada que se le parezca a la libre competencia. El taxista que mira a los desesperados peatones extendiendo la mano, es el único proveedor del servicio (tiene el monopolio dirían los economistas), y como todo monopolio puede abusar de su poder decidiendo a quien lleva y subiendo sus precios.Ante esta cotidiana situación es cierto que Uber es una plataforma tecnológica que beneficia al empapado peatón pues rompe el monopolio y aumenta la oferta de transporte público. ¿Se puede concluir entonces que debería permitirse su operación? La respuesta es afirmativa pero condicionada: si, siempre y cuando tengan una regulación y unas exigencias semejantes a las de los taxis para que no se constituyan como una competencia desleal y privilegiada al poder ofrecer sus servicios con menores costos y exigencias.El problema radica en las fallas en la intervención del Estado. La regulación y vigilancia a los taxis es deficiente, empezando por la injustificada rebaja tributaria que tienen en su precio, o la existencia de mafias que operan en el mercado de los cupos para taxis, o el débil control a la calidad del servicio.Ninguna de esas falencias justifica que Uber pueda operar sin ninguna clase de regulación ni requisitos. Pero no deben ser tan exagerados que en la práctica impidan su funcionamiento, dando una protección injustificada a los taxis, como parece ser la situación con el decreto que acaba de expedir el Ministerio de Transporte.

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