Prohibido ser uribista

Julio 24, 2017 - 11:55 p.m. Por: Mario Fernando Prado

En un país en el que estamos hablando de la paz, la concordia, la armonía, la inclusión, la libertad y el respeto por la opinión ajena, causa ya hasta temor manifestar la preferencia política por Álvaro Uribe Vélez, a quien se ha buscado convertir en un demonio, satanizando de paso a sus seguidores, a quienes no les ahorran insultos y desobligantes epítetos.

Los uribistas son considerados paracos, narcotraficantes, serrucheros, malos hijos, mal nacidos, hijuetantas, criminales, escorias, fascistas, motosierreros y todo lo imaginable, simple y llanamente por simpatizar con una figura pública de indiscutible liderazgo.

El antiuribismo ha llegado a tal extremo que ya no sólo el expresidente es merecedor de los descalificativos más atrevidos y vulgares y las calumnias más infames e inicuas, sino también toda su familia y las cabezas visibles de su organización política que están llevando del bulto.

Se me dirá que esa es la política y que toda figura pública debe recibir y aguantar la tormenta de sus opositores y que así ha sido y será siempre. Pero lo que yo no recuerdo es que hubiésemos caído en tal abismo, llegando incluso a violentar a sus simpatizantes, lo cual es tan grave como peligroso porque no demoran los ataques, ya no verbales sino físicos, como si se tratara de las riñas y reyertas cada vez más frecuentes entre los hinchas de un equipo de fútbol.

Aquí ya no se puede decir “soy uribista” porque te caen encima con vejaciones y oprobios en lo que pareciera ser una guerra planificada para acobardar, arrinconar y silenciar a quienes, con todo su derecho, se atreven a opinar y sentar su posición política.

No he visto, por ejemplo, que igual le suceda a los santistas, a los fajardistas, a los vargaslleristas, a los pinzonistas, a los ivanduquecistas, a los samperistas, etcétera, etcétera, a quienes se les mira con una óptica diferente muy distinta a la que se aplica a los seguidores del uribismo.

Creo que por eso ha sido y seguirán siendo las reacciones de quien se cansó de recibir garrotazos, calumnias y bellaquerías y un día lo cogieron de mal genio y trinó lo que para muchos no debió, agigantando la batalla ‘epitética’ de los últimos días produciendo tal reacción de parte y parte que no pareciera que estamos en un periodo de tolerancia y de reconciliación.

Aquí habría que decir entonces, como cuando se hablaba de la Inquisición, que hubo, hay y habrá “excesos de parte y parte”, rematando con la sentencia sagrada “el que esté libre de culpa que tire la primera piedra”.

Ignoro en qué van parar estas confrontaciones en que los señalamientos están a la orden del día, pero sí estoy seguro que los que han sido no dejarán de ser, por más vituperios que reciban y que quienes los escarmientan con sus señalamientos padecerán el efecto bumeráng y se les devolverá la pelota y pasarán de acusadores a acusados convirtiendo las columnas periodísticas y los comentarios radiales en verdaderas vergüenzas de una prensa que debería ser más objetiva e imparcial y no unas trincheras para denostar y tratar inútilmente de acabar con la libertad política, que es un requisito fundamental de la democracia participativa.

Posdata: El conejero Arjona vino, cantó, no pagó y se fue. Ni el empresario ni el manager respondieron y menos este artista. La deuda de 25 millones no se canceló. ¿Habráse visto mayor desfachatez?

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