¡No me mató!

¡No me mató!

Febrero 21, 2017 - 02:53 p.m. Por: Mario Fernando Prado

El pasado martes 14, estacioné mi pichirilo en un parqueadero ubicado por los lados de la iglesia del antiguo colegio Berchmans, lugar donde perpetraron unos arquitectos bogotanos una colmena insultante para el barrio Centenario.

Al tiempo que yo me parqueaba hacía lo propio y con gran destreza, una dama a bordo de una flamante camioneta Explorer gris quien se apeó del vehículo dejando al administrador del parqueadero con la boca abierta.

Por la pinta que lucía, deduje que iba para un gimnasio ubicado por ahí cerca, lo cual acrecentaba su figura. De un indiscutible rostro muy bello, un pelo muy bien cuidado y una boca carnuda tentadora, obligaba a hacerle un ‘escaneo’ de ahí para abajo, siendo imposible no detenerse en sus pechos que le daban realce y lustre a su anatomía.

No era una mujer muy alta ni de esas que tienen unas piernas que les nacen desde el cuello. Mas sin embargo, llamaba la atención y la intención, y con una tímida sonrisa, me incliné a darle un respetuoso saludo que ella contestó con picarón recato.

Al volver al parqueadero, el administrador me preguntó si sabía quién era la dama en cuestión que se había parqueado al tiempo que yo. Le respondí que no, que no la distinguía. Pues se trata -me dijo emocionado- de la mismísima y conocidísima actriz porno, Esperanza Gómez, famosa por los vídeos triple X que circulan en las redes y a quien le rinden homenaje permanente millones de admiradores que la tienen como el sex symbol del momento.

Quedé de una sola pieza. “¿Esa era la despampanante y apetitosa Esperanza Gómez?”. Le inquirí desconfiado y su respuesta fue un categórico “Sí”. “Ella siempre se estaciona aquí cuando va al gimnasio”, agregó.

Eché para atrás la película para recordar ese furtivo encuentro y sí, era ella. No la había reconocido vestida pero lo curioso es que, se los juro, no me mató. Preocupado, llamé a Gloria H., mi psiconsejera de hace más de medio siglo para consultarle por qué Esperanza Gómez no me había movido la aguja, la hiper-mega-recontra-chimba que pone a jadear a todos los hombres que tienen sueños inconfesables con semejante pudín y su respuesta me desconcertó:

“Mario -como así me dice- parece que has llegado a una edad sublime en que las morbosidades y los sueños húmedos han llegado a su fin”, y procedió entonces a interrogarme de manera despiadada en torno a mis otrora dieciocho centímetros, mi presidencia vitalicia de Asomondá y mi inefable vinculación al Club de Pájaros Caídos.

No quiero contarles el final de la charla pero lo cierto es que quedé decepcionado de mí mismo, en una especie de limbo del cual no me he podido reponer y quiero por este medio solicitarle a mis proveedores de vídeos de Esperanza, que por favor se abstengan de seguir enviándome tales tentaciones porque la verdad y con dolor, parece que ya no estoy para esos trotes.

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