Lo que ellas quieren

Lo que ellas quieren

Marzo 19, 2018 - 11:55 p.m. Por: Mario Fernando Prado

Con ocasión del día internacional de la mujer, fui invitado a un frugal almuerzo por un grupo de amigas muy enseñoradas a un reconocido restaurante de la ciudad correspondiéndome el inexplicable honor de ser único varón, bendito entre todas la mujeres.

Lo que yo pensé que iba ser un palique cargado de anécdotas y de risas plagado de lugares comunes y los infaltables chismes tan dados en estos casos, se fue perfilando como un memorial de agravios contra los hombres siendo este pechito el blanco de sus dardos harto venenosos.

A medida que transcurría el tiempo, los reclamos fueron aumentando progresivamente los que desahogaron sobre mi pobre humanidad agobiada y doliente, como si yo fuera el responsable de lo que hacen o no hacen mis congéneres.

Por más que quise meterle chiste a la cosa, porque hubo momentos de exaltación y calor y que traté de mil maneras de soliviar el denso ambiente con subidas de tono y hasta palabras de grueso calibre incluidas, hube de pedir que se me diera la palabra -algo por demás casi imposible en semejante gallinero- y procedí a actuar como defensor de oficio del género masculino. De manera cordial Y vehemente, quise hacerles ver que estaban exagerando la nota, reconociendo además que el tal machismo y todo lo que de él se deriva esta en vía de extinción, que los hombres somos ahora más respetuosos del rol de las mujeres, de sus espacios, abonándolos el importante papel que juegan en la comunidad y todo lo que pienso que ha ido corrigiéndose gracias entre otras cosas a las mismas mujeres que se han sacudido del sumisismo -¿así se dirá?- y están brillando con luz propia.

¡Pues no! Mi intervención las enardeció más y este pajarraco fue desplumando como si hubieran querido cocinarlo vivo en una hoguera de la Inquisición.

Y vaya paradoja: De todas las cosas que me enrostraron y que debí soportar con respetuosa humildad fue el unanimismo que reinó en torno a un comportamiento masculino que para ellas es la tapa de la olla y cuya práctica incluso ha sido ya objeto de riñas y desavenencias insuperables.

¿Y saben de qué se trata? Pues de algo que uno consideraría una real pendejada y que a todas las enerva hasta el histerismo y es ni más ni menos de un pecado mortal que cometemos todos los hombres y que es mojar la tapa del inodoro al momento de miccionar.

Este tema, créanmelo, exasperó totalmente a la concurrencia que se vino lanza en ristre contra la mala puntería que solemos tener quienes ya por edad y por distintas circunstancias le tiramos a la vaca y no le pegamos al potrero.

Lo cierto es que la micción fuera de foco, sirvió como postre y para que el plato fuerte que estaba al rojo se fuera deleznando hasta que por fin sobrevinieron unas sonoras carcajadas en medio de mil comentarios acerca de las tazas humedecidas con ese líquido amarilloso por todos y todas archiconocido.

Imploré entonces, en nombre de mis compañeros del otrora sexo fuerte, una recomendación para enmendar este suplicio que afecta el tacto nalgar y el olfato sutil de estas escrupulosas damas y la respuesta fue : Que por Dios, ¡orinen sentados ! Y como la caridad empieza por casa, lo he venido haciendo desde esa tarde y me ha ido de lo más de bien...

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