A mí me acosaron

A mí me acosaron

Enero 22, 2018 - 11:55 p.m. Por: Mario Fernando Prado

Ya hasta me había olvidado de aquella horrible noche, pero como se ha puesto de moda relatar los episodios de acosos sexuales que han sufrido, sobre todo las mujeres, vuelve a mi memoria un hecho bochornoso que padecí años ha.

Iniciaba mis actividades como publicista abriéndome campo entre los gurús de la época -Nichols, JAS, Doglioni, Romero y otros- y yo que tenía como credenciales el haber estudiado derecho y administración, ser pianista, fotógrafo y perpetrador de unas secciones aquí mismo en El País, no calificaba para semejantes ligas. Incluso un colega –ya fallecido- tildó mi novel empresa de ser “un garaje con teléfono” para no perder una cuenta publicitaria que le gané en franca lid.

Hubo por ese entonces una licitación para el manejo de la cuenta de una importante entidad y decidí presentarme, lo cual fue aceptado como una especie de relleno, seguros de que sería descalificado en las primeras de cambio.

Sin embargo, la junta directiva de la entidad determinó que el enfoque conceptual y creativo así como la estrategia de “ese flaco patilludo” era la mejor, en lo cual estuvo de acuerdo la gerente al punto que, y para ahondar en el tema, decidió invitarme a su apartamento para así tener más tiempo en la determinación de las piezas publicitarias.

Allí llegué pasadas las seis de la tarde, portando una discreta botella de vino. Al segundo timbrazo abrió la puerta. Lucía un batón bastante vaporoso, adobada con una loción de esas dulzonas que dan dolor de cabeza.

Tras los saludos de rigor y los cumplidos en torno a su morada en la que predominaba una decoración Luis XV, procedimos al análisis de la campaña.

Sí noté que ella se me arrimaba como queriendo tener un encuentro cercano del tercer tipo, más yo contuve y distraje cualquier asomo de reciprocidad.

Teniendo como cómplices a Los Tres Ases, el vinito y una espantosa carne de diablo untada sobre unas galletas de soda blanditas, prosiguió en lo que ahora llaman un acoso, mientras este pechito guardaba la compostura en medio de una incomodidad tal que me llevó a decirle que me moría de la pena pero que a mí no me gustaban las mujeres y que por lo tanto, “nanai cucas”.

Su reacción fue casi que violenta. Cambió de inmediato conmigo, suspendió la razón de ser de nuestra cita y prácticamente me echó de su apartamento.

Al otro día le marqué para proseguir con mi trabajo y nunca me contestó las llamadas. Le escribí y nada, hasta que hablé con el presidente de la junta, quien me dijo que se había enterado que una noche en la que esta dama me había citado a su oficina, yo había intentado seducirla y que por esa razón no era posible proseguir con el contrato. Fue pues una situación enojosa porque, ¿a quién le iban a creer, a ella o a mí?

Años después, supe de buena fuente que había muerto víctima de una enfermedad inconfesable (‘desida’ usted cual fue, amable lector). Así que perdí el negocio pero me gané la vida que hoy disfruto, gracias a haberle mentido diciéndole que era gay.

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