Y la censura, ¿para qué?

Agosto 10, 2017 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Impedir que una persona exprese sus ideas, sus opiniones o sus emociones a través de la palabra, el arte, la creación es siempre un comportamiento inaceptable. Reprochable. Y para mí, impensable. Crecí en un ambiente de libertad intelectual y de curiosidad; de respeto por el pensamiento, por la inteligencia, por la contradicción, imbuída del convencimiento de que nada de lo humano nos podía ser ajeno; un ambiente en el que la coacción, la prohibición no tenían cabida. Y mucho menos la censura.

Menciono lo anterior por lo que acaba de suceder con las cartas de Andrés Caicedo. Un buen paquete de éstas, 198, iban a ser recopiladas por el Fondo de Cultura de México en un libro, Correspondencia, para ser presentado en la Feria del libro de Guadalajara en diciembre, como el último acto de la conmemoración de los 40 años de ¡Que viva la música! Era un verdadero homenaje al escritor en tiempos en que son cada vez más escasas las editoriales que divulgan poemas o cartas. Tal vez buscaban honrar, y con razón, una firme convicción de Andrés cuando le confesó al crítico español Miguel Marías que “en el género epistolar, en donde se puede encontrar, después de mi muerte, algo de lo mejor que he escrito. Mucho de lo mejor que he escrito está en mis cartas”. Y en efecto, sus cartas son unos latigazos certeros y veraces, expresión auténtica de sufrimiento y de efímeros momentos de alegría, que revelan sentimientos profundamente humanos. Son piezas de una escritura limpia, bella y transparente con un estilo único, en las que Andrés pudo desfogar mucha de la energía, de la sensibilidad del intenso trasegar de su breve existencia.

Increíble, sus dos hermanas mayores María Victoria y Pilar, vetaron la publicación del libro cuando ya estaba en la puerta del horno. Se abrogaron un derecho en representación del autor ausente y dueño de los textos, que estaría, frente a este atropello a su creación, que es como decir a su persona, revolcándose de indignación y rabia.

Hace diez años María Victoria, se presentó a la editorial Norma, donde yo era editora de la colección de libros de no-ficción, con una caja de madera plena de textos inéditos de Andrés. Cientos de originales escritos a mano alzada. Leerlos fue para mí una experiencia única, una revelación. Era una verdadera caja de Pandora de la cual resultó El cuento de mi vida, cuya publicación significó el relanzamiento de la obra de Andrés Caicedo y lo más apasionante, la posibilidad de iniciar el descubrimiento del ser humano detrás del mito que se traslucía en fragmentos de su escritura, en imágenes y cartas duras y desgarradoras, llenas de sinceridad, al igual que los materiales inéditos que conforman este libro que dos de sus hermanas pretenden vetar.

Cartas que por respeto a su persona y a lo que representa, a su rebeldía e independencia, deben ser publicadas; las necesitan y quieren sus lectores, amigos y admiradores y, por qué no, sus detractores.

La vocación de libertad y el compromiso con la verdad que acompañó su breve vida y que están presentes en cada una de sus palabras no pueden ser traicionados por una decisión arbitraria, frente a la cual, queridas Vickie y Pilar, deben recapacitar y reconocer que fue un error sin justificación alguna. Porque además, la censura, ¿para qué?

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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