Voces de la selva

Agosto 06, 2010 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

No es fácil imaginarse a ‘Alfonso Cano’, el jefe máximo de las Farc, en medio de los bombardeos aéreos y los 7.000 soldados que lo persiguen por tierra en el Cañón de Las Hermosas, detenerse, tomar asiento y organizar un set con backing televisivo, para enviarle un mensaje al presidente Juan Manuel Santos. Sí, no es fácil imaginárselo, pero ahí estaba, con un pantalón camuflado sostenido por un par de cargaderas, con sus 60 largos años, más de la mitad transcurridos en el monte con un fusil a cuestas, haciendo un llamado a conversar. Sereno, ausente de los sobresaltos de la guerra. La respuesta de la gran mayoría de colombianos es No. Una reacción irreflexiva, alimentada de odio y rencor celosamente cultivados en los ocho años de un gobierno que no dio tregua bélica y regó del espíritu militarista todos los espacios de la sociedad, silenciando y satanizando cualquier expresión crítica. La gente repite, casi que inercialmente, que el llamado a dialogar es producto de la desventaja militar, para ganar tiempo. Seguramente. Pero lo cierto es que a pesar de toda la presión militar, de los miles de millones de dólares invertidos en hombres, armamento, recompensas, de los colombianos muertos en esta guerra, allí están. Unas Farc debilitadas pero no vencidas, ni derrotadas, ni aniquiladas, ni borradas de la faz de la tierra como fue la obsesión presidencial que contagió a todo el país. Allí están las Farc como si fueran voces que salen de la selva, voces de ultratumba, entre árboles centenarios y la humedad estática y devoradora en el sur del país. Allí están, así cueste aceptarlo o quiera negarse con retórica o autismo. Allí están como un asunto pendiente de resolver. Por el gobierno que llega, por la sociedad toda.Juan Manuel Santos llega a la Presidencia con nueve millones de votos, un millón y medio más que el presidente Uribe, con el respaldo de todas las fuerzas políticas, a excepción del lánguido Polo Democrático. Con un mandato claro: continuar la política de seguridad democrática. Una decisión, sin embargo, que no contradice la necesidad de cerrar el capítulo del ancestral conflicto colombiano que pasa necesariamente por un acuerdo político, así sea sólo con un puñado de jefes de una guerrilla menguada, tal como se hizo con los acuerdos de paz firmados en los gobiernos de Virgilio Barco y César Gaviria, con grupos armados casi que en proceso de extinción. Santos lo sabe, desde los tiempos en los que participó en el trabajo colectivo liderado por Naciones Unidas en 1997, que permitió la formulación de ‘la hoja de ruta’ que fundamentó el Plan de Paz de Andrés Pastrana, que fracasó en su implementación. Y también lo sabe su vicepresidente Angelino Garzón, defensor desde siempre del diálogo y quien, como gobernador del Valle, acompañó al gobierno Uribe en la posibilidad del despejar Florida y Pradera para lograr la liberación de secuestrados. Las circunstancias son otras, pero la búsqueda de la paz, como propósito superior de cualquier sociedad y de cualquier líder es una tarea vigente. Y muy posiblemente, por la audacia que ha mostrado en el nombramiento de varios de sus ministros, puede ser Juan Manuel Santos el hombre que decida asumir el desafío.

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