Vida lenta

Septiembre 30, 2011 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

La vida se ha contaminado de una velocidad no sólo aburrida sino nociva. Un acelere que llena de zozobra la existencia. Ocupar el tiempo es una tarea cotidiana que se confunde con la eficiencia, una virtud ampliamente apreciada no sólo en el mundo ejecutivo, sino en muchos de los escenarios de la vida ciudadana.Contrario a esto, ha ido tomando fuerza especialmente en Europa el movimiento por la lentitud voluntaria, ‘slow life’. Su principio es que “cuánto más despacio, mejor”. Propone saborear la comida, trabajar lo justo para vivir, cuidar y apreciar la naturaleza, disfrutar de la lectura de un poema, de una buena conversación; pensar antes de hablar. Simplemente estar, aprender a contemplar.Buscan reivindicar los pequeños mercados locales donde se encuentran los frutos de la tierra en contraposición de la actual uniformidad de la comida, congelados, precocidos, que se ofrecen ampliamente en los grandes supermercados propiedad de multinacionales que estandarizan los alimentos con marcas. El movimiento de la comida lenta nace en Italia con el propósito de defender los alimentos y costumbres locales del peligro que supone la comida rápida, de mala calidad y estandarizada, donde se pierde el gusto por la buena mesa. Inspiradas por éste, 32 ciudades italianas se han comprometido a preservar su carácter único, creando el grupo de ciudades lentas, intentando “frenar el modelo urbano norteamericano, que invade el mundo como otra forma de globalización”. Se proponen aumentar el número de parques y plazas, evitar las alarmas de los carros, eliminar las antenas de televisión con gran impacto visual, las vallas publicitarias, las señales de neón; recuperar espacios para el peatón y recurrir a fuentes de energía renovable, de sistemas ecológicos de transporte y universalizar el reciclaje de basuras. El movimiento aspira a construir una red global de ciudades y comunidades que comparten la idea de una ciudad armónica y con una actividad basada en la serenidad de la vida cotidiana y el crecimiento colectivo a través de una vida lenta y reflexiva, saboreada si se quiere y en espacios de vida a escala humana. En Alemania hay otro movimiento denominado ‘La Sociedad por la Desaceleración del Tiempo’ y también la ‘Fundación por un Largo Ahora’, que buscan llamar la atención sobre la innecesaria velocidad con la que actuamos en nuestras vidas. Buscan crear conciencia sobre la diferencia que hay entre la inmediatez que tanto atosiga y los procesos de cambio a largo plazo, más profundos y sostenibles. Todos apuntan finalmente a buscar una mayor calidad de vida y un mejor cuidado del entorno natural y social. Cambios culturales y de comportamiento que nada tiene que ver con asignaciones presupuestales, pero que transforman de fondo la vida de cualquier ciudad. Reflexiones de este tipo debían iluminar las campañas para elegir alcaldes. Los candidatos de todas las ciudades repiten los mismos eslogan y promesas, sin originalidad alguna: empleo, educación, salud, inseguridad, sin atreverse a mover la conciencia ciudadana que pasa por preguntarse: ¿En qué ciudad queremos vivir? Es una pregunta que quienes buscan ser alcaldes nunca se van a detener para responderla y que mucho menos les harán a los ciudadanos que aspiran gobernar.

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