Víctimas de su propio invento

Diciembre 13, 2013 - 12:00 a.m. Por: María Elvira Bonilla

En dos gruesos tomos han quedado recogidas las voces, a través de innumerables testimonios, de las mujeres en el conflicto armado. Son viudas y huérfanos las que han sobrevivido al paso de los cruentos años. Los textos forman parte de un proyecto de investigación titulado ‘La ruta pacífica de las mujeres’, financiado por la cooperación internacional, en especial la española. Es un punto de vista nuevo, de receptoras muchas veces silenciosas de dolor. De valientes cabezas de hogar capaces de emprender los éxodos que sean necesarios con tal de preservar la vida de los niños, de los parientes y a veces de los vecinos en un escenario de tierra arrasada. Arrancan a cualquier hora de la noche dispuestas a enfrontar las peores circunstancias. Son relatos que confrontan la visión de las mujeres modernas, de las mujeres urbanas y ni que decir de las feministas. Cuando se escuchan y se leen pareciera no ser cierto aquello de los grandes logros de la equidad y los derechos. Es mayúsculo el avance en libertades y derechos formales, legislación, obligaciones del Estado, compromisos laborales femeninos pero el grueso de las mujeres no logra levantar cabeza.Pero no son solo ellas, las sufrientes, las golpeadas por la crueldad, las del lamento. Investigaciones sociales en distintos países confirman que las mujeres se están sintiendo mal, víctimas de su propio invento. Un sentimiento de cansancio y melancolía ajeno al estado civil, la condición racial o económica, al país donde se viva. Con la entrada a ese universo que había sido territorio masculino, llegaron nuevos pesos: las dobles responsabilidades, las dobles obligaciones y el poco reconocimiento. Al histórico rol doméstico se sumó, sin quedar eximidas de este, el de la calle. Sin tiempo para ellas, con un vacío que crece como la infelicidad.Los hombres por el contrario se liberaron de tener que responder como proveedores universales, ganando en libertad y tiempo. La creciente tristeza y el cansancio que pesa, del que hablan sin tapujos es una evidencia que toma forma y se acentúa en la vida de aquellas que siguen cargando sin pausa con el fardo de la soledad, la pobreza, los hijos, el peso de la vida. Una revolución que resultó finalmente agotadora. Y lo peor: irreversible. Adendum. La rebelión ciudadana en Bogotá en contra de la concentración y abuso de poder del procurador Alejandro Ordóñez ha sido ejemplar. No es una manifestación de respaldo a Petro quien ha sido un mal alcalde y pésimo administrador sino contra el ‘Gran hermano’. Es la protesta contra ese ojo avizor de un hombre que se siente iluminado con derecho a husmear la vida privada de la gente, pontificar sobre decisiones tan íntimas como la sexualidad, la religión, el derecho a decidir sobre el cuerpo, que ha llevado al límite su suprapoder masacrando los derechos políticos de miles de colombianos soportado en juicios secretos, sin derecho a la defensa, en una actitud inquisidora enterrada por la humanidad. El desproporcionado castigo a Petro fue la gota que rebosó la copa, que empujó a gritar al unísono: ¡Basta, Procurador!

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